El ser humano se sustenta sobre dos patas (más que piernas): el egoísmo y la egolatría. Quizás esta sea peor que aquel.

El egoísmo es un impulso ajeno a cualquier consideración, aún menos moral; un impulso que va directamente a su objetivo, sin más. No se culpa ni justifica; simplemente es, sin más consideraciones. Incluso puede que sea un elemento de la tierra que persigue la sobrevivencia, un afán de ser sin saber.

Sin embargo, la egolatría es aún peor, es la refocilación en ese mal. Un mal puede corregirse, extirparse en un momento dado, salvo que encima nos regodeemos, nos recreemos en él.

Además, aparte de cinismo, tiene mucho de ceguera. Los datos que tenemos sobre lo que los hombres hacen con los otros hombres, con los animales, con la naturaleza, son evidentes, indiscutibles. Y son horribles, como general y mejor definición.

Piénsese en instituciones como la guerra, la esclavitud, la tortura, el expolio, la explotación hasta el hambre y la extenuación. ¿Cómo deleitarse, recrearse en su autoria?

Sin embargo, pocas son las intervenciones críticas, y sí muchas en las que en definitiva se viene a decir: somos maravillosos, reyes de la creación, hechos a imagen y semejanza de un ser que decimos perfecto.

¿El culmen de la maldad o de la estupidez? Parece ser que Einstein optaba por pensar en la estupidez; sin embargo, hay tanta inteligencia para la maldad que cabe la duda.

No tardará en surgir esa reacción defensiva tan natural, reprochando que se ignoran los tantísimos actos generosos del hombre, argumento que para su conciencia es concluyente. Que alguien se tire una vez al río para salvar a uno de sus congéneres anulará todos los datos acumulados acerca de nuestra barbarie.

Es así, hay que argumentar a favor de lo evidente porque, por lo que se ve, no es tan evidente para todos.

No decimos nada nuevo: ya Bertolt Brecht comentó los siniestros que son los tiempos en que hay que demostrar lo evidente.

Creo que si fundáramos el partido del odio (así definido) no tendría problemas de afiliación.

Los más moderados lo justificarán todo hablando de personalidad humana dual. Pero, pensar en un ángel-demonio ¿no es excesivamente optimista? ¿Es posible que a estas alturas no se haya comprendido aún la esencia de nuestra verdadera existencia?

Y si es así, ¿cómo corregirla? ¿Es posible que sea imposible comprender que una bondad universal sería benéfica para todos, buenos y malos?

Pero no, las cosas más sencillas son las más difíciles de demostrar. Es más, el egoísmo acapara no ya un bienestar excluyente, sino incluso indisfrutable para quien lo ejerce.

Hay ya una definición, que ahora no recuerdo, para ese tipo de poder: no es el poder de disfrutar, sino el poder de simplemente excluir al otro. El 2% de la población mundial acapara el 50% de las riquezasdel mundo; sin embargo, ese club de privilegiados sigue insatisfecho, acumulado porcentajes, indiferentes, insensibles a que mueran al día cien mil personas por causa de formar parte de un 50% de población mundial que ha de sobrevivir con el 1% de sus riquezas.

¿Se puede comprender algo con tales relaciones humanas?

Las facultades deberían estudiar este problema. Estudian a los psicópatas como quien estudia un espécimen singular, minoritario. Pero ¿no habrá un estado general de psicopatía? Se dice que un psicópata no es un enfermo mental, sino una persona que carece de empatía, incapaz de ver las consecuencias de la maldad (de su maldad). Un ser frío e insensible, que no experimenta remordimientos.

Pero, ¿son así sólo los psicópatas? O para plantearlo diplomaticamente, ¿no será una minoría exigua quien por el contrario evalúa el dolor de los otros, sabiendo asumirlo, casi sentirlo y vivírlo?

Pero claro, ¿cómo saberlo, si la mayoría del pensamiento oficial lo controla ese 1% de privilegiados?