DISEÑO DEFICIENTE
La idolatrada naturaleza tiene la costumbre de complicar todo lo que podría ser sencillo. Hay un informe médico que opina que no hay nada tan complicado e ineficaz como el aparato digestivo. Esa naturaleza suele remediar un defecto de diseño con otro defecto de diseño, hasta que el modelo es un conjunto de añadidos desordenados y defectuosos. ¿Por qué esto no se admite así? Seguramente porque sería cuestionar al diseñador mayor, y eso sería considerado un acto de impiedad. Otro tanto ocurre con el egoísmo. Hubiera sido más fácil diseñar una naturaleza benéfica y generosa. Pero no, había de ser cruel e inmensamente derrochadora, movida por un impulso yoista capaz de destruir todo aquello que a su alrededor perjudique sus intereses. Si se observan los defectos de los humanos, se comprueba que la mayoría de las personas no es consciente de si misma. Se dirá que está bien, pero no lo está en lo que respecta a la matemática de la razón. El ser humano debería poder ver sin prejuicio. Pero la solución ha sido otra: la ceguera. Las personas incorporan a sus sistemas de valores el compendio de sus propios virtudes y excluye todo aquello en lo cual es deficitario. Egoístamente puede ser una fórmula válida, pero no permite que haya una regla universal válida y cualificada. Los cojos verán el defecto de los tuertos pero no el suyo, y viceversa; será imposible establecer una regla común a ambos, y lo que es peor, provocará diálogos imposibles de sordos, aun siendo ambos sinceros en sus palabras. Pero claro, sus pesas, sus medidas, sus lenguajes son totalmente distintos; sus respectivos cánones particularistas imposibilitarán una regla común superior. Construirán mundos estancados, limitados por sus propias limitaciones. Visto esto, ¿cómo confiar en una razón universal que pueda dirimir con los mismos pesos y medidas las complicadas sutilezas de la existencia?
