CIEGOS, ACOSTUMBRADOS...
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Estar ciego es terrible. Y hay muchas formas de estarlo. Una de ellas es ignorándolo. La costumbre nos ciega. El hombre es un animal de costumbres, y la costumbre, la rutina, lo cotidiano, hacen desaparecer del espacio las cosas que son, que existen, que están visibles y se vuelven invisibles. Por eso, quienes desean que no veamos, nos ciegan con la costumbre. Si viéramos todos los días ejecutar a seres inocentes acabaríamos por admitirlo como normal. Cada tres segundos y medio muere un niño menor de 5 años; y comenzamos a saberlo; y a verlo normal. O mejor dicho, a saberlo y no verlo. Machado decía que el ojo es ojo no porque lo ves, sino porque te ve. Pero, si esos ojos no ven ¿qué son? ¿Quienes quieren que no veamos? ¿Aquellos que creen que nuestras miradas pueden disminuir su visión? ¿Eso es posible? Sí, si trastocamos la palabra visión por privilegios. Quieren privilegios a toda costa y en todos los órdenes. Pero esto no son especulaciones filosóficas. ¿Quiere el 0,0035% de la población que no lo veamos? Que tontería, ¿por qué un porcentaje así no va a querer ser visto? Pues no quiere, si nos fijamos en lo discreto, anónimo que es. El poderoso verdadero es invisible. Sus fantoches no.
Pues no, no quiere. Nos acostumbrará a sus fórmulas, a sus costumbres, nos acostumbrará a no ver entre el follaje de la maleza. Mezclemos todo, revolvamos todo, confundamoslo y hagamos una inmensa jungla de desconocimiento, es decir de ceguera. ¿Por qué ese 0,0035 % no quiere que lo veamos? Simplemente porque no quiere que a continuación sepamos que acapara el 80,5 % del PIB de este país. Desea pasar desapercibidos. Es maestro en la estrategia y en la psicología. Nos ha acostumbrado a razonar que nuestras vidas son todo lo buenas posible; para ello deberemos no ver. Todos aquellos datos que lo confirmen son buenos. Todos los que demuestren lo contrario, malos. La costumbre se nutre de la tradición. Quien se acostumbra a algo no lo cambia. ¿Hay algo más horrible que una guerra? Pocas cosas. Sin embargo, los soldados, apenas motivados, caminan hacia ella. Piensan intuitivamente que hay algo peor que ese monstruo que se desenvuelve en el frente. Pero ¿realmente ven? Porque, si pueden morir, quedar sin brazos y piernas, sin ojos ¿algo peor puede ocurrirles? ¿Que los fusilen por desertor si no logran escapar con fortuna? ¿Y lo otro, no es lo mismo o peor? He ahí una muestra de la docilidad que imbuye la costumbre. Se va al frente no por una evaluación; se va porque hay que ir. Ese es el sino de nuestras vidas: la costumbre. Nos hemos acostumbrado a las injusticias y vivimos en medio de su permanente reproducción. Se armó un gran jaleo por la guerra de Irak. La mayoría de los españoles estuvo de acuerdo en que no la querían. Que las causas que se argüían eran falsas. Sin embargo, todo sigue igual, siguen en aquel país las tropas de ocupación y aquí votamos a quienes colaboraron en tal genocidio y expoliación. La costumbre del "así son las cosas". |
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cntrcrrnt dijo
que bueno.
tienes razon.
lo peor no es estar ciego al fin y al cabo, sino, no saber ver las cosas
besosss
16 Mayo 2008 | 11:00 PM