Somos un país propenso a no complicarse la vida. Debe ser el sol. Qué deprimente un país donde nadie se deprime. Todo va bien, todo es correcto; aunque todos sabemos que no es así, la ficción ayuda. Es como vivir en una escenario, en un maravilloso relato de alicias y alicios felices en el país de las maravillas. No nos gusta la argumentación, el análisis, la dialéctica, los datos, cuanto más documentados peor, el intercambio de opiniones para provocar el encuentro: pero, ¡si ya estamos suficientemente encontrados! ¿Por qué complicarnos la vida si el cotilleo es más sustancial? Además, es una buena terápia psicológica. Nuestras frustraciones se compensan con los fracasos (muchas veces hipotéticos) del vecino. El problema es que la vaciedad se puede llenar con cualquier cosa. Las banderas nacionales ondéan estos días por un partido de futbol. Tras la resaca comprobaremos que somos tan pobres como ayer. Pero habremos llenado un corto periodo de nuestra vida. Lo que ocurre es que esa felicidad artificial y oficializada puede degenerar en cosas peores. Desde hace un tiempo progresa el partido del odio. Está ahí, acechante, brillantes los ojos, osca la expresión, sangrante, irrefutable por débil el verbo, la navaja brillando acerada en la media o en la faja. Ese militante del odio se encontrará por los foros, por las agrupaciones políticas, en el autobús, siempre hablando sesgadamente, en voz alta, sin saber ni él mismo lo que quiere, porque criticara aquello que es la mitad de malo que lo que él propone. Pero su odio no se lo permite ver. Porque no quiere ver, quiere rajar, en el sentido más cruento de la palabra. El típico español de antes, que aceptaba que le sacaran un ojo con tal de que a su enemigo le sacaran dos. Pero estos temas son deprimentes, aburridos, irreales, derrotistas (pero si somos maravillosos), aparte de que ¿nos queda tiempo para ir a recibir, con miles más, a los campeones europeos?