Que absurdo puede ser el racismo, que deleznable. De entrada, se basa en una falsedad, ya que no es cierto que haya razas.

 

Pero, aunque las hubiera ¿no es extraordinario eso de poder hablar con alguien que tiene otros rasgos, otra complexión, otra cultura, otras costumbres, otro color, otras experiencias, otras cualidades, incluso carencia de alguno de esos defectos nuestros tan atávicos que tanto nos impacientan?

 

Se dirá, ahí está el mal, en sus costumbres. Pero eso ya significa que partimos de una situación de prepotencia y de prejuicio, no toleramos y antes que esa persona está lo que "nosotros" creemos desinformadamente sobre su país.

 

Se volverá a decir, pero es que sus costumbres son objetivamente malas, y soltarán un rosario de actos deleznables. Claro que hay costumbres malas, pero ¿dónde no las hay? Occidente, por ejemplo, desde hace siglos tiene la mala costumbre de invadir, por la vía que sea, es decir, militar, ideológica, económica, culturalmente a otros países o regiones que no querían o no quieren abrir sus puertas a los extraños.

 

Por ejemplo, la guerra del opio entre China e Inglaterra en el siglo XIX: los chinos no quería admitir opio en sus puertos, y los ingleses los abrieron a cañonazos. En este supuesto, nunca podrán decir que fue por el bien de los chinos. O las dos guerras mundiales ¿qué matanza hubo?

 

Ahora mismo, a algunos (o muchos, váyase a saber) les molesta altamente la invasión africana o latinoamericana, cuando, curiosamente, esos dos continentes han sido muy frecuentemente visitado por nosotros. No llevábamos “papeles”, pero sí una cruz y una espada. Y curiosamente no queda en ellos demasiado rencor, salvo que nosotros lo fomentemos.

 

El problema del racismo no estriba en ver lo que hay, sino más bien lo que no hay en ellos y sí en nostros; ya sa sabe, cree el ladrón que todos son de su condición. 

Sí, es cierto, hay costumbres no asumibles, por ejemplo, la de que a un niño se le haga católico antes de que tenga raciocinio.

El problema del racismo es el del prejuicio, es decir, el de prejuzgar sin saber. Es extraño que no seamos más racistas, porque aquel defecto ha calado fuertemente en nostros. Etiquetamos todos los productos por el envolvtorio, desconociendo el interior.

Es cierto que todos pertenecemos a colectivos que han asumido unas identidades; pero al margen de esto hay que dejar que cada uno se exprese tal como es. Igual estamos ante alguien singular. Tan singular que no tiene el mal hábito de prejuzgar.

 

¿Sería justo que le pusieran mala cara a los españoles porque los católicos tienen esa mala costumbre de prematura afiliación? Primeramente habría que investigar si ese español practica tal costumbre, si está de acuerdo con ella. Si se descubre que ese español es una mala persona, será esperable que se le rechace como amigo, pero por sus propias ideas, por las que sustenta él y no por las que imaginamos sustenta en nombre de una colectividad dada.

A muchos españoles se les rechazaba en el extranjero durante el franquismo por ser supuestamente franquistas. Pero si esa persona igual podía estar allí precisamente por ser un exiliado, un perseguido, es decir, un antifranquista.

 

Uno de los principales problemas del racismo es que manifiesta un malestar interno que se desahoga, vuelca, en otro que seguramente no tiene nada que ver con el asunto. Mala cosa es tomar a los otros como espejo de nuestros propios defectos y bacín para nuestras náuseas.

 

Sin embargo, ese malestar suele diluirse bastante cuando eso otro, ese extraño, es rico. Los jeques árabes no son “moros” (no, no lo son), pero si el árabe fuera pobre, sí que lo sería.

 

En los racismos, xenofobias, ideologísmos, hay un sustrato común, preponderante, el clasismo. En el fondo despreciamos a los pobres (como si nosotros fuéramos ricos) y por el contrario admiramos a los ricos. No nos importa que en sus bolsillos seguramente esté lo que falta en los nuestros.

 

Hace poco, en un debate sobre racismo, alguien aportó el dato de que muchas inglesas venían a España a fingir una falsa violación, que luego terminaba en una indemnización por parte del seguro suscrito.

 

Rápidamente salieron defensores, alegando que pagaban los ingleses, que no había perjuicio económico para España. Sus extraordinarias habilidades para ver defectos en africanos, asiáticos o latinoamericanos no les permitía percibir un descrédito mundial para el ciudadano español; aparte de que el mal moral podía derivar en un perjuicio económico en relación con el turismo.

 

Es decir, que  se presume sin mayor información que el supuestamente rico es un elemento civilizado de un país “civilizado”, por lo que recibe toda la comprensión del mundo, haya hecho lo que haya hecho él y su país. Siempre habrá excusas justificativas para ambos.

Sin embargo, ese otro que se presume que es pobre, a lo mejor es un médico de un país, sí, pobre, que cada día lucha por salvar la vida de sus niños, con menos medios, pero con más generosidad que en otros lugares.

Pero, haga lo que haga, su culpabilidad se presume, en contra de las máximas de nuestro derecho.

 

Que mundo tan peligroso. El humano está tan sólo que debería pensar que en realidad es un extranjero, un ser de otra raza frente a los demás, y que si propugna el linchamiento, terminará por ser linchado.

Pero no, cada época necesita su purgante. Veremos qué fenómeno engendran nuestros defectos.