LA GRAN COMEDIA FELIZ
Con que arbitrariedad se hacen las valoraciones morales, con que desfachatez se expiden certificados de virtud y de culpabilidad. Con que estupidez convivimos. ¿Cómo es posible que unos pocos, que acaparan parasitariamente todos los privilegios posibles, puedan seguir engañando durante siglos y siglos al resto y hacerles creer que están en un sistema justo? Una colegiala no puede ponerse un velo en el colegio, pero un chico si puede mantener la gorra de béisbol en clase. Lo uno invoca al Islam, lo otro no invoca los bombardeos de occidente. Y ese velo causa un debate que nos distrae de los verdaderos problemas y males. ¿Curamos las enfermedades del mundo, damos vivienda a los chabolistas, alimentamos a los que se mueren de hambre, evitamos el abuso, la tortura, la prepotencia de los pocos? Entonces ¿de qué hablamos, de qué nos congratulamos? Es posible que permanezcamos en medio de una farsa gigantesca sin que nos indignemos lo más mínimo? Los mecanismos de socialización han conseguido lo increíble: que los que lo pasan mal se vean íntimamente obligados a creer que son felices… El poder nunca había sido tan descomunal. Realmente el cuarto poder ha cumplido sumisión, idiotizarnos. Antes, la coacción era principalmente física. Hoy no es necesaria: los esclavos se creen soberanos, y su afán es encontrar a otro más esclavo que él esclavo para borrar cualquier atisbo de duda sobre su inmejorable situación. Los represores nunca lo habían tenido tan fácil. Al final habrá que creer que están hechos para gobernar.
