O los sectores más lúcidos, más independientes, menos mediatizados de la sociedad, hacen un esfuerzo supremo para luchar contra esta ola de vulgaridad, superficialidad, estomaquismo, insensibilidad, agresividad, prepotencia, ostentación, estupidez, etc. etc. que nos anega o se dibuja un horizonte muy oscuro para todos nosotros, y lo que es más grave, para los descendientes de los que los tengan.

Nunca el cinismo había sido tan provocador. Un cinismo mezcla de inconsciencia y de autosatisfacción por el nivel obtenido en la contabilidad de las cosas. Hemos hecho una sociedad en la que basta con tener objetos más o menos costosos para ser importante. La cualidad humana, la ejemplaridad, la creatividad puesta al servicio de los demás, los principios, son conceptos molestos e ignorados. Todo lo que no sean cosas resulta inútil, no existe.

No se lee, y cuando se lee son esos periódicos que regalan en los autobuses, llenos de noticias amarillas y sensacionalistas y de publicidad de supermercados. Ni un artículo de fondo que enjuicie el momento histórico que atravesamos, que mueva a reflexión, que escape a los designios de las agencias que troquelan una opinión pública adocenada.

Es evidentemente que esos poderes no nos quieren ilustrados, "excelentes" como dicen ellos, con criterio propio, críticos y capaces, sino masificados, vaciados, miserabilizados, y eso sí, exudando felicidad por todos los poros de la ignorancia. Porque ese es el referéndum diario que lo justifica y eterniza todo.

Como en la antigua Roma, cuatro o cinco grandes fiestas al año son los puentes que nos permiten atravesar el desierto de nuestras insípidas vidas. Hasta estos espectáculos masificados se han vulgarizado e insensibilizado. No se analiza si son o no edificantes: lo importante es que embriaguen tanto como la cerveza o el vino que los acompaña.

Es decir, sin creer que la cultura sea la solución a nuestros problemas sociales, es necesario que, por digndad, por la dignidad de lo que se llama humanidad, elevemos urgentemente el nivel de nuestra forma de estar en la vida.

Se está produciendo una degradación que afecta a todos los sectores y a todos los ámbitos, desde la violencia entre alumnos hasta violencia con animales. Ya no es un argumento válido aquel de no querer para los demás lo que no queramos para nosotros. Eso nos importa un rábano... siempre y cuando quede garantizado que no nos ocurrirá a nosotros mismos.

Disfrutamos apenas unas migajas de los grandes beneficios del sistema económico, y creemos que nuestra vida social está blindada. Y levantamos la cabeza arrogantemente y despreciamos a aquellos que no carecen de capacidad, sino de suerte. Antes la solidaridad, la conciencia de clase, era una garantía, un seguro colectivo; hoy es una estupidez, o mejor, un algo que causa estupefacción ¿eso que es? Pregunta propia de un colectivo al cual se le han regalado muchas cosas para cerrarle la boca, y desconoce la cohesión como elemento para progresar.

Educados en una cultura vulgar difundida mediante el cine norteamericano, hemos captado todas las ridiculeces y papanatadas de ese mundo: seres frios que no pestañean, seres muy listos porque no tienen principios, seres que no se comprometen sino es por dinero. Vaqueros, boinas verdes, gangsters, rebeldes sin causa, detectives que no respetan la ley, policías corruptos, héroes que ponen los pies con sus correspondientes zapatos en el sofá, rambos, politicastros, abogados y fiscales descaradamente ambiciosos a los que no les preocupa la ley, todos ellos son el amplio elenco destinado a destruir cualquier mecanismo que cohesione la sociedad en unos principios razonables, reflexivos, humanos, preocupados por el prójimo.

Dijo un profesor que cinco minutos de televisión destruían lo enseñado en horas de clase. Pero esto no indigna a las fuerzas conservadoras... del orden. Les preocupa una asignatura que procura un ciudadano consciente.