TRABAJO O TRIPALIUM
En nuestras sociedades "desarrolladas" el concepto de trabajo, así dicho, no goza de demasiado prestigio. Se nota que es una sociedad dirigida por empresarios. El trabajo no es para la persona, sino la persona para el trabajo. Incluso parece que todavía tiene virtualidad la etimología de la palabra: "tripalium", el látigo de tres colas con el cual se motivaba a los esclavos, y seguramente a los demás trabajadores. Trabajo no es todo aquello que sea productivo para la sociedad. Para evitar su valoración, incluso han dividido a los productores en dos categorías: los profesionales y los trabajadores a secas. Los primeros reciben todas las consideraciones, valoraciones y parabienes; los segundos han de justificar su esfuerzo diario, ya que están permanentemente bajo sospecha: sospecha de fraude, de incompetencia, de inutilidad, de haraganería y de mil epítetos más que no ayudan a una definición generosa del trabajo. Este es el alto sentido democrático que ilumina a nuestra sociedad. Sin un directivo (profesional) el mundo no podría funcionar; sin trabajadores sí. No se dice (no se puede decir) pero está implícito en el tratamiento. Y como es así, su remuneración siempre será a la baja. Para él hay que flexibilizar el mercado y la legislación laboral. Para el profesional hay que blindar los contratos (y vaya blindaje, cierto político actual recibió más de 100 millones por los servicios prestados, que por cierto, se dice no fueron nada brillantes).
La gran contradicción de quienes establecen estas pautas es que luego quieren altos índices de consumo y se llevan las manos a la cabeza cuando se contrae la demanda. Pero poco se puede consumir con 800 euros al mes y parón laboral cada pocos meses. Sin embargo, han logrado convencer a la mayoría de que todo es así, y de que así está bien. De este tratamiento se deriva una situación de subalternidad. Existen (existimos) por pura compasión de los genios que han organizado este perfecto desastre anfibológico, donde se es según el lugar que se ocupe momentaneamente: fuera del trabajo y en el hipermercado, consumidor (respecto a esto algo se dirá al final); en el trabajo, elemento prescindible o sustituible como mucho. Tanto es así que la bolsa, templo sagrado de la racionalidad capitalista, sube cuando hay despidos en una gran empresa. El concepto de trabajo sólo sube en su ausencia, sobre todo cuando es colectiva. Un día no laborado es una ruina para el país. Hasta los grandes editorialistas intervienen, muy profesionales ellos de los negocios . En ese momento el estado peligra. Que pena que sólo surja la valoración en los casos de ausencia (otra paradoja como la de la bolsa). Por el contrario, los profesionales (esos que no cobran salarios, sino sueldos) son permanentemente mimados, no se vaya a interrumpir su prodigiosa fertilidad. Hay por ahí un cartel publicitario cuyas imágenes ilustran sobre el amor que se les tiene: entrajetados, encorbatados y con casco de obra. Elegantes pero, eso sí, siempre laboriosos.
Respecto a los consumidores, como las empresas han caído en la cuenta de que la mayoría son trabajadores, sus propios trabajadores, se está produciendo un fenómeno en el cual también tienen algo de culpa los propios trabajadores: que de clientes estamos pasando de nuevo a súbditos. Ya al cliente no se la trata bien, como antes. La empresa te mira desde arriba y piensa: también puedo prescindir de ti. Pero, a este ritmo, no sé quién se va a quedar más solo. A no ser que nos deslocalicemos todos, unos como obreros en Finlandia y los otros como empresarios en Marruecos.
