EL SOFAÍSMO
No debe ser confundido con el sufismo, de más honda espiritualidad.
El sofaísmo consiste simplemente en echarse de espaldas sobre el sofá. No vale boca abajo. Se activan otros mecanismos perturbadores de la finalidad perseguida. Boca arriba es abrirse a la nada. Boca abajo, cerrarse a ella.
Pero algo que parece tan sencillo, tiene sus propios requisitos, nacidos de la necesidad.
Elemento muy importante es el techo, que debe ser de un blanco inmaculado. Jamás valdría el de la Capilla Sixtina, por ejemplo, ya que conlleva demasiada simbología activante. Incluso es posible que el color negro sea más adecuado, en cuanto que es un color ausente de colores. la paradoja se me antoja altamente simbólica. la unidad de los contarios.
¿Y por qué esos colores? Simplemente porque son los que mejor vacían la cabeza.
A costa de no desear nada, no deseas ni ser intelignte, ni bueno, ni hábil. Nada necesitas, sino una respiración acompasada y una mirada perdida clavada en el techo (no es un contrasentido; clavas nada, es decir, aseguras que la mirada no se desviará hacia ningún lugar con contenido; es la descontinentación absoluta).
Porque en eso consiste el sofaísmo, en vaciar la cabeza de cualquier idea negativa o positiva. Las negativas te obligan a moverte con malestar. Las positivas te obligan simplemente a moverte. Incluso a moverte con ímpuetu, lo cual es un exceso.
Y reglas muy sencillas, las más sencillas para no importunar a nadie.
No has de desear nada, no perseguir nada, no aspirar a nada, no temer a nada ¿qué va a temer un pre-cadáver. Es completamente cierto, el deseo es la raíz del sufrimiento. Deja de desear y no te importará ni que tu lecho tenga forma de ataúd. El deseo o lleva al fracaso, lo cual es frustrante, o lleva al éxito ¡que es agobiante! Si a mi me nombraran presidente me darían un grave disgusto. Y estoy hablando en serio. Las cosas de una comunidad de vecinos deben ser un horror.
Nada; quizás sea un nihilismo vago, perezoso, laxo. No sé por qué siempre he imaginado a los nihilistas con cara de Dostoyevsky, que lo pasó muy mal.
Lo del techo lo descubrí en un hospital. Había de sentarme junto al paciente, con una pared totalmente blanca frente a mí. Lo que en un principio me pareció un fastidio, al cabo de cinco o seis horas me llevó al repentino descubrimiento de la sabiduría del vacío. Es la única responsabilidad que admitiría, la elaboración de la parte central de los donuts, me dije de repente.
Hay miles de paredes hermosas, artísticas, pero en todas ellas se trasluce el alma de su creador. Y ello ya es de por sí un incordio. Alguien que está junto a ti, intentando influirte, intentando transmitirte sus ideas, obligadándote a que te identifiques con él, es decir, a que te dupliques.,
Esas paredes artísticas nunca son neutras: cuanto más artísticas, más agobiantes, más mensajeras, más cargadas de ideas; hasta más parlanchinas.
El motivo de la expresión artística puede que sea una mujer semidesnuda, de aquellas tan hermosas que nos muestra el simbolismo. Senos altos, como medios limones, óvalo de la cara perfecto, piernas largas y como columnas, cabellos rizados, de oro o de azabache, quizás el nacimiento de esa hendidura que nace al final de la espalda (estaría mal decir nacimiento de la raja del culo, el mensaje perdería cadencia) apenas cubierta por una gasa.
Todo ello introduce inquietud. Tu deseo se despierta; comienzas a reflexionar sobre el sentido de la fidelidad. Te peguntas por qué una madre que ama a cinco hijos no es infiel por ello, y un esposo que atiende a cuatro amantes, más su esposa, sí lo es. También te das cuenta de que es muy joven, lo cual te hace reflexionar sobre la brevedad de tu sofá, de la vida, del placer, de la belleza, de estar potable. Y sin darte cuenta comienzas a calcular la diferencia de edad, qué le quedaría de pensión, si significaría el amor eterno con una sola. No, demasiado activante.
O quizás sea un atlético gladiador. Observas su poderosa musculatura, su brazo colgando, alargado por una pesada "gladio". Te preguntas cuantas cabezas, miembros, vidas, habrá seccionado. Incluso puedes saltar al fenómeno de la esclavitud. ¿Por qué ese hombre ha de luchar por la plebe? Lo normal sería, si tenían ganas de lucha, que bajaran ellos al ruedo del coloso. Y de repente te pones de un malísimo humor porque has recordado las corridas taurina y los sofismas de los aficionados. Otro circo y otra plebe.
Más problable es que hayan cubierto la pared con una escena de caza, con su jauría, con su pobre zorro asustado, al fondo del paisaje. Grandes lores con caras de villanos que provocarán en tu mente el tipo de gente que gobierna en el mundo. Todo eso multiplicará tu esfuerzo mental, tus contradicciones, tus dudas, tus iras, tu agotamiento mental al final. Entonces dices, fuera, fuera conceptos humanos, humanos, simbologías humanas y fuera todas sus víctimas y las víctimas de la naturaleza.
El sofaísmo es la doctrina para no estar, para la más absoluta irresponsabilidad, inactividad, indiferencia (no se consigue, se persigue, y un punto de éxito hay). Es el culmen de la filosofía. Es el producto de una penosa ascensión, hasta que un día llegas a la cumbre del esfuerzo y descubres que allí no hay nada, vacio, y dolor. Como dijo Tolstoi: sólo hay algo claro, que la vida no tiene sentido.Y eso que él era cristiano y creía en dios y no tenía que trabajar,
Te estirarás en el sofá y miraras al techo: nada; nada de recurdos, nada que de implicaciones, nada que de relaciones (bueno, quizás una reación: que lo pintó un operario te sableó miserablemente). Que maravilla. todo blanco... y la mente idem.
Pero--te dicen--, ¿y el tiempo perdido? Tiempo perdido es manejar una consola donde matas a un millón de chinos con una nueva bomba nagasaki más potente.
Llaman al teléfono, no lo coges, algo te van a vender.
Llaman a la puerta, no abres, no tienes amigos, nadie puede reclamarte.
Entonces, el perro, que pesa 30 kilos, se echa sobre ti, entre tus piernas y sobre tu vientre. Y sientes una sensación placentera, afectiva.. Encuentras en ese amigo una gran solidaridad , el no pretende dejarte mal, no produce nada, está siempre tirado por lo suelos, no tiene proyecto de vida (¡vaya!), no planifica; por no necesitar, no necesita un lienzo blanco.
Que descanso espiritual: nada de competencia, nada de pelotas, nada de fin de semana fastidiado, nada de hablar sobre lo que desconoces, nada de amistades hipócritas, nada de reir chistes que te han provocado dolor de estómago. Deduces que el éxito efectívamente es un imporsotro, como decía Kipling, que lo buscó afanosamente; el fracaso, otro impostor incluso menos llevadero por su mayor carga de sofisma.
Analizas las acciones humanas y compruebas que la mitad no tiene relevancia. Pasas la mirada por la biblioteca y te sorprendes de la de mentiras y tonterías que hay almacenadas. Caes en la cuenta de que invitan a la lectura, pero no dan previamente un curso sobre lo que se debe leer sensatamente.
Sólo el techo blanco es pacífico, no miente, no toma posición, se deja admirar sin condiciones, no pretende encandilarte con falsos méritos. Eso sí, muy importante, la televisión apagada, donde quiera qué este, que suele ser cerca del sofá.



Jesús Valdivieso dijo
Y el sumun es si encima tienes una cerveza a mano
6 Septiembre 2008 | 04:02 AM