LA ZAFIEDAD
Vivimos malos tiempos. Salvo excepciones, se ha impuesto la zafiedad como norma. Seguramente es producto de que nuestras acciones no tienen repercusiones reales que las limiten. Somos parecidos a esos políticos y generales que hacen la guerra a distancia, lo cual les evita a ellos y a sus familiares riesgos, padecimientos, escenas desagradables, etc. y a fuerza de obtener réditos sin apenas esfuerzo, le cogen gusto a la cosa.
Sin embargo, todo tiene su límite, y todo se paga. Es imposible que el mundo se rija por cánones tan denigrantes y miserables. Es verdad que nunca el gasto educativo ha sido tan grande, pero hay algo grave que falla en la formación de la persona.
Lo común era que esa zafiedad fuera el resultado inicial de una ausencia provisional de experiencia, pero hoy día parece que la acumulación de experiencia actúa en un sentido negativo. Mala cosa hizo aquel que afirmó que lo importante es que hablen de uno, aunque sea mal. Esa propuesta, trasladada sin discriminación a todos los ámbitos, conceptos, principios, modelos, adjetivos, es destructiva. Es la cantidad por la cantidad.
En esa zafiedad hay mucho protagonismo, mucho yo excesivo, mucho histrionismo. No interesa la proporción, el equilibrio, la medida, sino la desmesura, la exageración, el tamaño, la chulería, el regodeo en el error. “¿Qué pasa? ¿te debo algo?” parece que te dice con la mirada el que te echa de la acera sin ir por su mano.
Y tal actitud se da en menores, medianos y mayores. Incluso parece que los mayores intuyen que aún pueden exagerar la nota, porque las consecuencia incluso serán menores para él. “Anda, que estás jarto güiski” le dirán despreciativamente, con un ademán que lo elimina simbólicamente de la vida, sin considerar ni reconsiderar su edad. Y el mayor, en muchas ocasiones, no se vengará elevándose sobre la vileza, sino denigrándose aún más que el otro. No cabe duda de que aún hay jóvenes que ceden el asiento a sus ancianos, pero es una minoría tan exigua que sirve como símbolo del estado de nuestra urbanidad.
Pero de esto no se habla. Somos prácticos (creemos) y tenemos prisa. No sabemos realmente a dónde vamos, porque el éxito consiste en llegar antes, a dónde sea, y no importa que a costa de nuestra dignidad, de nuestra integridad moral, de la propia elegancia. Lo importante es que por llegar hablen de nosotros, como sea. Lo importante es ser el primero en lo que sea. ¿Qué no me miran? Pues pongo la radio del coche con “Los changuitos” a todo volumen y ya me mirarán, aun a costa de quedarnos todos sordos.
Hace poco el COI reconvenía a un atleta olímpico por sus maneras al triunfar. Y él les respondía con cierto menosprecio. ¿Acaso no es él el campeón? ¿Hay algo que valga más que una medalla de oro? Pero, ¿cuánto durará lo que representa esa medalla? No importa, se ha aprendido que los malos modos son tomados en consideración excluyentemente. La medalla pasará, las condiciones físicas también, pero ¿quién puede con una navajero de la palabra, del gesto, del instinto? (con un navajero puede otro navajero; alguien que diga: “hasta aquí hemos llegado”; es la antigua historia de los chulos que se resuelve con sangre o con mutis por el foro de alguno de los dos).
¿De dónde proviene esto? Quizás sea un producto mixto con muchos ingredientes. Se dice, pérdida de valores, pero claro ¿cuáles son esos valores neutros que conformen a todos? Tiene que haberlos. Puede gustarnos, o no el código de circulación, pero algún código ha de haber, no podemos circular cada uno por el carril que deseemos.
Y con la zafiedad como premisa, es imposible establecer un código que contente a todos. Siempre, el zafio más zafio, el zafio más protagonista y desvergonzado encenderá los motores de los zafios menores y a partir de ahí se instaurará la zafiedad colectiva.
Es una pescadilla que se muerde la cola: se parte de que hay propensión a desdramatizarlo todo y llevarlo al otro extremo, al chiste. Nada tiene importancia, porque, además, mientras no me afecte a mí, paso (con varias eses) olímpicamente.
Por otro lado, una autoevaluación errónea, bajo no sé que droga psicotrópica, mental, cultural o espiritual, nos hace creernos tan maravillosos, que hasta la prepotencia está justificada. No serlo en un mundo en el que vamos dando codazos debe ser indicio de alguna carencia. Y ahí salta otra de las claves: la ausencia de el contraste con una realidad no virtual verdaderamente hostil. Esa ausencia de obstáculos reales ha debilitado nuestros músculos, pero queremos ocultarlo con una inflación exagerada de grasa... Podríamos decir que nuestra educación es adiposa. Abulta, pero pesa menos que el músculo.
Por otra parte, ¿hay acaso algo más audaz que un ignorante? Para él el universo es el espacio que le circunda y que cree dominar. De ahí que muchas veces el asunto termine mal. Ignora que un paso más allá hay un pozo, pero no lo sabe, y su euforia le impide ser cauto.
Ya veremos como termina la cosa…
