EL INSULTO
Sin saberse bien por qué, todos, o casi todos, nos hemos visto de repente asediados por la obsesión compulsiva de un desconocido ¿anormal? que te insulta.
En el fondo, el insulto es una forma de impotencia, de agresividad inerme, como la de ese perrito ladrador al que la naturaleza le ha hecho una faena con el tamaño que le ha asignado (bueno, esta figura es simpática, al contrario que la del sujeto que se trata de describir).
En España se prodiga el insulto. Es verdad que tenemos un rico vocabulario para él, pero incluso para ello se está demostrando la mediocridad que nos ha invadido. El sarcasmo de los quevedos se ha quedado en un dicterio impotente, enano, adocenado, repetido hasta la saciedad.
Suelen acordarse de tu madre o de tu padre, adornándolos con generosas cualidades de las que nunca disfrutaron. De esa forma, el gañan demuestra que su insulto no es una cuestión personal entre él y el insultado, sino el producto de un desequilibrio psicológico. Igual que el enfermo mental grave puede producir un exceso de saliva por la ansiedad, el insultante babea su malestar y lo salpica todo con su espuma inconsistente.
Pero si todo no fuera más que esto, la cosa no tendría mayor trascendencia. Hay insultadores habituales igual que hay delincuentes profesionales. Incluso puede que sea una necesidad biológica, una especie de desecho de la comunidad, que por algún sitio ha de verter sus detritus.
El problema del insulto es que se está convirtiendo en sustitutivo de la argumentación. Queremos que decir algo, pero como no hay consistencia, vomitamos. Se podría decir, ¿qué enseñan en las escuelas? Pero este reproche en presente no es justo. Mejor habría que preguntarse qué enseñan y enseñaban en los colegios.
Realmente parece que muchos no quieren un mundo mejor, un mundo elevado, adornado con verdaderas cualidades. Igual que aquel antiguo carpetovetónico que permitiría que le sacaran un ojo con tal de que a su enemigo le sacaran los dos, el zafio de hoy no quiere elevación. En su envidia, prefiere un mundo banal y vacío que uno poblado de valores y cualidades. En tal caso ¿qué pintaría él?
Lo vemos también en el mundo de la política. No hay un intercambio de programas, no hay un cruce de talentos, sino un ruido molesto de intranscendencias, de descalificaciones cínicas y mal adobadas.
Lo vemos en el seno de la universidad; departamentos contra departamentos, sin saberse por qué. Porque, no se investiga, se descalifica. No propongo nada, pero nada vale lo de "este".
Es triste vivir en una sociedad así, tan poco reactiva en la que se pueden manifestar estas escrecencias sin mayor sorpresa. No hay estímulo para la creatividad, para la cultura, para el progreso. Sólo hay eso, las entrañas desparramadas por el suelo, a ver si "mancho" algo.
Hablamos de competividad y habría que preguntarse ¿habrá una industria del insulto? ¿se venderá eso? ¿se exportará?
Dicen que el soberbio es un monstruo que se debora a sí mismo. El insultante es peor que eso: es un monstruo que se alimenta con sus propios excrementos.
Y lo peor es que afecta tanto a vejetes como a jóvenes, a ricos como a pobres, a mediocres como a subnormales...
No estaría mal ir pensando en un museo de tal patología. Quizás en una muestra así viéramos lo que hay que reparar de nuestra sociedad.
Dedicado a quien me insulta tan inutilmente.




lacazadoraderratas dijo
Cada uno se expresa como quien es.
De modo que el insulto suele ser un autorretrato.
Al menos que sea creativo. Hay muchas palabras que han caído en desuso. No sólo insultos.
Lástima.
27 Septiembre 2008 | 01:46 PM