TORO...
Hola, toro, querido amigo. Ya ves, te masacran en una plaza, y luego te hacen un cartel inmenso e inmejorable para que la gente se drogue más (Osborne, coñac). No sé si sabes que lo diseñó por nada (quizás un bocadillo, una copa de coñac, o algo así)un preso político en la cárcel. Es el juego de esta gente. La víctima diseña a la víctima, por mandato de sus verdugos. Quizás ahí esté el origen de todo: quienes no respetan a un humano ¿por qué van a respetar a un animal? Si en ellos no se mueve un mecanismo de especie, protectora de lo propio ¿por qué se van a compadecer de lo que consideran inferior y extraño? Ya lo dice el poeta: Despreciamos cuanto ignoramos (e ignoramos tantas cosas)… Siempre ha sido así. No hay odio: hay toneladas de ignorancia. Cuanta porquería en los ojos, que costra de tópicos ridículos para no ver lo evidente, para empequeñecer con nuestra miopía el orbe, hasta reducirlo a una miserable estructura circular de horror.
Y, querido toro, siempre recibo la misma sensación de incredulidad. Es incomprensible que el "respetable" (¿respetable, por qué?) no pueda apreciar el valor de tu estampa. Siento algo así como si asistiera al espectáculo de alguien destrozando un rembrandt para satisfacción propia, y a sus estúpidas justificaciones. Me preguntaría ¿pero es que no ve la riqueza de los colores, de las formas, del fondo? ¿No ve la dificultad de la ejecución? ¿No ve la grandeza de esa obra que nos engrandece a todos? ¿Cómo puede destruir algo único que ya nadie podrá reproducir en su mismo valor?
Pero es así: No te ven, ven otra cosa. No saben apreciar la majestuosidad de tu planta, de tu plante; la potencia de tu ser, el vigor de tu existencia, de la que sólo obtienen una pulsión destructiva ¿Será que se ven miserables ante ti? Porque, cuantas maldades han provocado la envidia, el acomplejamiento, la pequeñez, la miserabilidad.
Yo, sin embargo, cuando te veo, me digo: que extraordinario símbolo para un país, si supiera respetarlo. Si te respetáramos, cuanto diríamos en nombre de nuestra nación, en nuestro propio nombre. Mirad, podríamos afirmar, este bravo ejemplar pasta en nuestras dehesas como paradigma de nuestro respeto hacia la naturaleza, hacia la elegancia, hacia el poder sin artilugios, hacia la belleza. Contempladlo como se contempla todo lo excepcional: valorad la ingravidez de su peso por su extraordinaria potencia; la pausada rapidez de sus gestos por su musculatura trenzada ante nuestros ojos; de sus rápidas reacciones, que la fuerza de su ser vuelve confiadas; la aparente oscuridad de su mirada, que cuando te aproximas se ilumina por la vida y la nobleza. Dicen que los toros lloran en la plaza. No me extraña. Lo que sí se es que los toreros no lloran, al menos mientras no les duele a ellos. Si esos que pierden el tiempo en artes inútiles dedicaran su tiempo a observarte, comprenderían que sientes, reconoces, te alegra y padeces. Pero eso es pedir demasiado al bruto de dos patas que se eleva sobre su propia ignorancia con una sola obsesión: destruir.
Respetándote nos ennobleceríamos, demostraríamos nuestra capacidad de valoración como pueblo, preservaríamos la propia potencia de nuestro ser colectivo. Podríamos decir, este es nuestro símbolo, y por eso puebla feliz nuestros campos. No lo valoramos económicamente, pues es invalorable. ¿Valorarían una bandera? Pues esta es una bandera viva, universal, un ejemplo de las maravillas que puede realizar la creación. Y por eso lo preservamos. Dignificándolo nos dignificamos. Protegiéndolo nos protegemos? Si lo humilláramos nos humillaríamos. Si lo destruyéramos nos destruiríamos. Que también lo dijo nuestro poeta: Heridos están de muerte los pueblos que con sangre se divierten. Derrochar su sangre sería (es) tirar nuestras energías, nuestro propio alma.
Pero todo esto es idealizar demasiado: ¿cuántas grandezas son ignoradas diariamente? ¿Cuántas iniquidades cometidas? ¿Cuántas bajezas alfombran el pasar de nuestras pequeñas vidas?
La nobleza ya no es una virtud. ¿Lo fue alguna vez? Si antes unos decían "honor victis, honor a los vencidos", se impusieron los que claman "vae victis, ay de los vencidos". Ya no nos importan las obras grandes: preferimos la payasada mezclada con crueldad. Nuestra sensibilidad está tan embotada que no nos vale el dibujo de finos trazos. Necesitamos el boceto burdo, de trazo grueso, para que podamos apreciarlo. ¿Y, hay trazo más grueso que el del reguero de sangre? Es un problema de ceguera. ¿Cómo pretender que un trozo de mármol se emocione con Vivaldi?
Sol, vino, chorizo o mortadela en el bocadillo, sudor, sangre, muecas, griterio, el reclamo sexual como arguacia de atracción hacia frustrados sexuales, sangre, alaridos, miedo, regocijo ante el miedo ajeno, más sangre… eso es lo que consideramos fiesta. Y lo que extraña es que gente inteligente piense que de ese ambiente puede derivar una sociedad democrática, respetuosa, refinada, elevada, elegante, sensible, humana…
Ay, toro, que gran símbolo eres. Estás ahí plantado y cuanto inspiras. Puedes ser luz o contraluz, pero siempre motivo de reflexión. Que pena que no aprendamos de ti, tan brutos que somos.
toroosborne


Elisa dijo
Me interesan los blogs que defiendan los derechos de los animales y en base a eso estoy realizando mi votación en 20minutos. Te he votado al mejor blog de actualidad. Un saludo.
22 Octubre 2008 | 10:39 AM