LA LUCHA CONTRA EL INDIVIDUO
Dice Somerset Maugham que en la lucha contra el individuo la sociedad tiene tres armas. Ley, opinión pública y conciencia. La frase, aparentemente, está bien, pero hay algo que no termina de convencer. Suena a facilona, a superficial, a excesivamente convencional. En primer lugar ¿el individuo? Es evidente que el autor es anglosajón; en él prevalece lo individual, lo privado. No hay un problema social, sino un ser perverso dueño de si. El individuo, así aislado, es lo más nocivo que se puede concebir mentalmente? ¿Y los individuos organizados en clase, no son más peligrosos aún? ¿Qué es más peligroso, un ladrón o una clase instituyendo en el seno de la sociedad una figura como la del esclavitud, como la de la guerra, como la de la represión, como la de la tortura, como la del engaño, como la del expolio? Por otra parte ¿qué ley? ¿Es la ley, así dicha, sinónimo de lo correcto, de lo imparcial, de lo ejemplar, del campo del bien contra el campo del mal? Porque, habría que preguntarse antes ¿quién la conforma? ¿No hay detrás de cada legislación un interés colectivo, pero minoritario? ¿No tenemos suficientes ejemplos históricos para a estas alturas aparecer con inocentadas así? Y, en este tiempo de manipulación mediática ¿no habrá que preguntar qué es la opinión pública, de qué se nutre? ¿Es la emanación espontánea de un colectivo independiente y autónomo que crea su propia cultura, o lo que recoge una masa indisforme y que toma el cuerpo que unos privilegiados, minoritarios y poderosos le inducen? A estas alturas ¿vamos a pensar en la opinión pública como un muro contra el delito, en su amplia gama de manifestaciones, entre las cuales hasta las hay legales? Y finalmente ¿es acaso la conciencia algo distinto y distante de la opinión pública? La conciencia ¿acaso no actúa, no enjuicia con datos recibidos? Puede haber una conciencia natural, sí, capaz de reaccionar contra los excesos de esos medios conformadores de la opinión pública, pero en casos muy contados y evidentes, pero incapaz de poder reaccionar contra ese sofismo que es la cultura y la civilización, entre comillas. En realidad la conciencia es la moral, y la moral es la costumbre (mores) fiel reflejo de una clase que detenta todos los medios productores de pansamiento. Es impúdico ver un culo en la calle; no lo es ver un mendigo tirado. Se dirá que Somerset hablaba en otra época. Esa es otra de las grandes ingenuidades: creer que la historia cambia en 20, 50, 100 años. Cuando el escritor se manifestaba así existían los mismos tipos de delitos, parecidos individuos, igual monopolio de los medios de comunicación, de la conciencias y de la moral, bastante más unilateral y excluyente que la de ahora.
