SOY FELIZ...
Soy feliz por una razón muy sencilla, pertenezco al género humano. Ya me lo dicen quienes saben de estas cosas: fuimos creados a imagen y semejanza de Dios. Nuestra perfecta imagen no es sino expresión de nuestra sabiduría. No en vano hay quienes sostienen que la ética y la estética van unidas. Efectívamente, somos bellos por fentro y por fuera. Y como depositarios de esa confianza, somos reyes de la creación y encargados de mantenerla tal y como se nos donó. A nosotros. Sólo a nosotros. Todo lo demás, está a nuestro servicio Y como diligentes jardineros nos encargamos de mantenerla y conservarla. Todos nuestros actos son creativos; todas nuestras obras están repletas de amor y carentes de egoísmo. ¿Y por qué se nos donó? Simplemente porque somos benéficos, creativos, respetuosos con todo lo que nos rodea. No lo disfrutamos, lo tutelamos. Los más sabios reflexionan sobre esto, y de vez en cuando nos recuerdan lo lejos que estamos del bruto animal, de cualidades aparentes. Porque el bruto animal no sabe nada, es irracional y se desarrolla destructivamente en el seno de la creación. Donde va hay contaminación, aridez, destrucción, falta de afecto hacia sus crías. No cabe duda de que esos seres sin adorno alguno necesitaban de nuestra mano compasiva y experta. Que honor pertener a la mejor especia que puebla el orbe entero, que privilegio ser de esa especia que habla con Dios, principalmente con sus actos y demuestra lo distinto que es el mundo salvaje del humano racional. Somos tan sensibles y empáticos que la mayoría desconocemos el color de la sangre o de la savia. Tras profundas reflexiones hemos llegado a superarnos y vivimos en un universo de utopía realizada. Tanto hemos progresado que hemos acabado con la posibilidad de la utopía. Tan conscientes somos del valor de la creación que nada destruimos: sabemos de la importancia de la cadena ecológica. A nuestras crías las preservamos de violencias y agresividades, porque si hemos sido hechos a semejanza de Dios es que somos, como mínimo, ángeles. Y esa es nuestra misión, conservar el mundo como el paraiso que és. Las otras especies nos aman y no nos temen. Saben que somos sus amigos y las amamos. Saben que hay millones de organizaciones destinadas a protegerlas y preservarlas. Saben que cada humano, dada su superioridad, las respeta y comprende. Jamás ninguno de mis congéneres concebiría que se pueda clavar hierro en su carne, o enjaular al ave destinado a disfrutar de su privilegio de vuelo, ni que se echarían a la cara un palo que escupe fuego para destruir una vida. No. ¿Cómo un ser racional, en la cúspide de la creación, a imagen y semejanza de un creador (de un criador) podría organizar algo que se llamara matanza? ¿Cómo iba a teñir las aguas y la tierra del flujo vivo de la propia existencia? Sería un sinsentido, un contrasentido. Sería tanto como ignorar que la tierra es una sola piel y que las especies son una sola creación, y que herirlas, lacerarlas, sería tanto como cortarnos la carne, mortalmente, con nuestras propias navajas. Sólo imaginar esa posibilidad es indicio de una demencia que no se puede concebir en un ser tan perfecto como nostros, en la cúspide, sí, otra vez, de la creación. Pero hay que remarcarlo, remacharlo. Somos los reyes de la creación y de lo creado. ¿Quién destruría su propio reino? ¿No conservamos en nuestras casa los muebles de aglomerado, los utensilios de plástico, los adornos de latón? Pues aún más la tierra que nos sostiene, que nos alimenta, que es nuestro medio vital. Por tanto, no creaís a esos que dicen que hay mataderos, y masacres, y holocaustos animales. Son demonios anticreación que desean que no seamos felices. hemos de ser felices a toda costa por una razón muy sencilla: por propia congruencia con la felicidad global de esa creación.
