LA SONRISA SÓLO EXTERNA
Tanta sonrisa externa puede llegar a resultar sospechosa. Los síntomas de la enfermedad tienen una finalidad protectora y en consonancia con la realidad, con el mal del cuerpo. Sin embargo, nuestra sociedad parece que quiere extender hábitos que más que otra cosa denotan falsedad. Entre ellos está esa sonrisa externa que no revela lo que en realidad está ocurriendo en el interior del sujeto que la muestra. Hay sociedades en las que es casi preceptivo mostra una sonrisa dentifrica de extremo a extremo, como si se dijera: "Que maravillosos somos por lo felices que nos mostramos. Que triunfo el de nuestra vida. ¿Podría irnos de otra forma, a nosotros, seres tan especiales?" La sonrisa es buena, sobre todo si se corresponde con la realidad interna del que sonríe. Incluso puede ser prueba de un carácter estoico frente a las adversidades de la vida. No es vasallaje, sino desafío. Pero esta que se comienza a ver con excesiva frecuencia tiene un tufillo extraño, si es que la sonrisa puede oler. Más que una sonrisa parece un programa social de conformismo: "En esta lucha competitiva, pertenezco al grupo de los ganadores" O, mejor: "Ojo, que no pertenezco al grupo de los perdedores". En tales casos, que nociva es, que desorientadora. De ella el político podría sacar conscuencias nefastas: "Mírelos que felices son. Mire la expresión en sus caras la expresión de nuestro éxito". Algo así pretenden las doctrinas funcionalistas. Sin rebuscamientos, mostrarse agradable es importantísimo; es una necesidad de convivencia. Sin embargo, hay convivencias que no son sanas, abiertas, nobles, más bien son productos de escaparate que van por otra vía que la de la naturalidad, la convivencia, el agrado. Son eso, productos artificalmente elaborados.
Yendo un poco más allá ¿son felices esas sonrisas? ¿cómo? A uno le puede ir bien, pero ¿es que no se tiene conciencia del malestar de los otros muchos seres con los que el destino no es tan benéfico? Médicos sin fronteras anunciaba el otro día la muerte de más de diez mil niños al día por causa de la crisis. El anuncio se podía interpretar como el de un añadido a esos cuarenta mil seres (adultos y niños) que desaparecen comunmente de este mundo porque algunos son tan felices que se les ha borrdado la conciencia. No debe olvidarse que en ocasiones la felicidad puede actuar como una droga.
Esta cuestión de la sonrisa externa puede parecer más bien ociosa, pero guarda más fondo del que aparenta. Conozco a mucha gente que no es infeliz, pero que no necesita proclamar que no le va mal. Ven lo que ocurre, lo evalúan y hasta intentan ser un poco discretos por su a veces inmerecido bienestar. Inmerecido porque la vida de un niño debería tener prioridad sobre el mérito de cualquier adulto.
Pero, no, parece que hemos de hacer ostentación de una irrealidad. Somos felicísimos porque está de moda. O porque de lo contrario sería mostrar una indeterminada incapacidad. O peor aún, una crítica a todo lo que va mal, que nunca se sabe sobre las repercusiones contra los inconformes.
Sonreímos externamente, aunque por dentro estemos fastidiadísmos, porque es una forma de estar integrados. "Pobrecito, que poco debe valer. Está preocupado" O "vaya, está enfermo, se nota por su seriedad, es decir, está descalificado".
Quizás sea una sabia intuición: los poderes no desean enfermos, ni descontentos, ni críticos, ni respondones. No sonreir es una forma de insinuar que nos parece muy mal que por el mundo corran dos billones de dólares sin fiscalizar mientras en el otro extremo no comen. O que nos parece una desvergüenza que pueda plantearse, sólo plantearse, que los parlamentos nacionales podrán proponer que el tope de horas laborales sea de 65. Igual lleguará el día en el que será delictivo estar de mal humor, o de mostrar un rostro hosco porque se está hasta las narices de esta farsa de cartón piedra.
Por el contrario, sonreir externamente será el pasaporte al éxito. Todo se andará.
