EMPATÍA EN ZARAGOZA

El Ayuntamiento de Zaragoza ha suspendido hoy las corridas de bomberos toreros (o algo asi) porque va contra la dignidad de sus actores principales, que son personas de escasa estatura.
La medida está muy bien, pero es insuficiente y en cierto sentido contradictoria con la finalidad del espectáculo total.
Es como si se suprimiera el ruido de los cañones y luego se dejara que siguieran dispararando silenciosamente.
Al hablar de dignidad se está introduciendo claves distintas en el nuestra lenguaje taurino, claves que denotan otra mentalidad, ajena a esa otra que baraja palabras como casticismo, tradición, atavismo, esencias patrias, peo siempre olvida el dolor, del tipo que sea.
Esto debería llevar a que la decisión incluyera a las otras víctimas del espectáculo, que, más que reconocimiento a su dignidad (que la tienen) necesitan reconocimiento a la sensibilidad de su cuerpo, al que se maltrata salvaje e indignamente.
A no ser que se haya reproducido lo de siempre: empatía hacia lo propio e indiferencia hacia las otras especies. Más bien será esto. No es esperable tanto valor de unos seres que todo lo reducen o a la suma de votos, o a atender a qué dirán los poderes fácticos del ámbito correspondiente (antes había un dictador, ahora hay miles de ellos en más pequeño).
Este sistema democrático en el cual la ética, la justicia, la verdad, son subsidiarias de una previa operación aritmética y de la vigilancia permanente de los menores gestos de desagrado de la "autoridad de turno", debería empezar a ser reformado, de forma que lo civilizado siempre prime sobre lo bárbaro, por muy poderoso que este sea (y que luego no lo es tanto).
Aunque, más bien parece que hay interés consensuado para que parezca así, lo cual, entre otras cosas, es muy cómodo y descansado y de paso previene de peticiones excesivas por parte de la plebe plebiscitaria: "Es imposible, no se puede, hay unas resistencias bárbaras"...
¿Los principios sobre la mayoría, si es que esta lo es? No, la soberanía de unos principios que rijan nuestras vidas de una forma verdaderamente civilizada.
Los hay en la Constitución, pero son demasiado tolerantes con cosas que no pueden ser toleradas.
