El cine ha sido una de las grandes trampas de esta época. Sobre todo cuando ha sido monopolio de unos pocos, que encima, no tienen problemas de liquidez.

El cine que más hemos visto nos dice, sueña. Y nosotros hemos confundido los sueños con la realidad. En la película la dependienta del supermercado tiene un Jaguar, una mansión de dos plantas y todos sus hijos van a la universidad; y nosotros nos lo creemos y somos felices.

Pero lo sueños no son la realidad. Sobre todo cuando esos sueños han sido elaborados por personas que tienen otro nivel de vida, otras espectativas, otras perspectivas e intereses, otras "finalidades".


Y su bienestar les viene por imaginar o interpretar películas anodinas mediante las cuales resuelven definitivamente sus vidas. Nosotros, por el contrario, no lo logramos ni transitoriamente.

Y es que ese cine tiene una misión fundamental. Es mentira que sea arte; es mentira que sea neutro; es parte, es pensamiento social. Su pretensión, la mayoría de las veces, es decirnos al oído: "que felices somos, que libres, que prósperos, no lo estropeemos".

Y nosotros, incautos, echados sobre el colchón que crearon nuestros padres, es decir, sobre cierto nivel de bienestar social, nos hemos creido que podíamos soñar los sueños de otros.

De un tiempo aquí se han empeñado en hacernos creer que las clases no existen. Si las clases, expresión de variaciones fundamentalmente económicas, no existen, es que todos somos iguales.

Sin embargo, la igualdad y la libertad son deseos demasiado grandiosos para que se puedan disfrutar conjuntamente (de fraternidad nada, voluntariamente la hemos excluido; ya nos enteraremos). Pero sí hemos creido, o ceemos, que disfrutábamos de ellas, al unísono. Ingenuos soñadores somos. En realidad, ni la una ni la otra.

Soñadores, sí, porque hemos querido escapar a una servidumbre desagradable; servidumbre, sí, pero cierta: la de clase.

Cada uno de nosotros está inserto en una, aunque resulte enojoso, vulgar, incómodo, frustrante; pero las cosas son como son.

Decía Marx que el mismo hombre no piensa lo mismo en una caverna que en un palacio. Pero nosotros nos hemos empeñado en que las cavernas ya no existen. A ello ayudó mucho el cine, la realidad virtual, los comecocos.

Pero sí existen. Los intereses, las angustias, los menosprecios no son los mismos si ganas ochocientos euros al mes que si ganas cinco mil. Es algo que molesta, pero la culpa no es de quien nos lo recuerda, sino de quien nos lo impone.

Por ejemplo, hablamos de todo, enjuiciamos al orbe, tenemos el índice sobre los derechos de otros países a los cuales nos han ordenado odiar, pero ¿nos hemos preguntado por ese fenómeno que, callandito callandito, de repente nos sorprendió con el hecho de que un sueldo de ochocientos euros mensuales es "normal". ¿Por qué?

La camarera de una cafetería me comentaba que tenía 26 años y que cobraba setecientos euros, y que cinco años antes, cuando tenía 21, cobraba novecientos. Y casi lo decía como si se diera cuenta repentínamente. Un economista aleman, analizando la historia reciente de la economía, se sorprendía del salto que dio el criterio de nivel de paro asumible. Por decreto secreto se había pasado de un 4% a un 14%.

Esos decretos secretos los suele promulgar la prensa.

Pues bien, todas estas cosas no nos son extrañas, aunque creamos que la película que echaron anoche tenía más que ver con nuestra realidad.

Nosotros no somos dueños de nuestros sueños, y lo que es peor, ni de nuestra realidad. Esos 700, 900 euros, ese 4%, 14% de paro, ese porcentaje ascendente de eventualidad que ha convertido en normal hasta el contrato por días, esas empresas pared que nos suben las tarifas y ya no tenemos ni un rostro ante el que poder manifestar nuestro desagrado, sí que son nuestra realidad.

Es absurdo creer que no pertenecemos a una clase determinada, por muy leídos que seamos y por muy vulgar que nos pueda parecer ese concepto y esos consortes de clase.

Es así, y porque otros lo quieren así: esos mismos que no desean que pensemos en esa clave social y prefieren que soñemos con Blancanieves y el Príncipe Azul.

Y lo más curioso es que estas cosas suceden muchas veces en virtud de lo mucho leído. Pero claro, no basta con leer mucho, también tiene que ser idoneamente.

Que preferimos ser burgueses altos en nuestros sueños; pues bien, cada cual es aparentemente dueño de su cabeza. Pero no nos sorprenda que un día la realidad nos reviente en ella.