Igual es producto de la experiencia, de la convicción de que vivimos en un lugar en el que no cabe razonar. Y convencidos todos de lo mismo –que los demás son tontos— nos lanzamos por el camino de la banalidad, de espetar lo que creemos sin mayor apoyatura que nuestra propia convicción.

Sea como sea, aquí no se razona, no se argumenta. Creemos que la razón es propia, y si es del otro, aún peor, porque como tiene razón y se aclare el asunto, se evidenciará que uno no la tiene, lo cual es gravísimo… para la razón..

Es decir, no se busca la razón, se busca tener razón, que no es lo mismo. Cuando la cosa llega al paroxismo, insultamos, y si el otro no se deja, lo matamos, aunque sea verbalmente.

No es fácil sacar una conclusión de nosotros mismos, porque en muchas ocasiones, que ingenio para decir tonterías, banalidades. Llega un momento hasta que acabamos con el más inteligente, porque se cansa y se va exasperado. En su tiempo se decía: aquí no dimite nadie; y el que resiste vence… Camus lo decía de otra forma. “La estupidez insiste siempre”.

Pero no hay que caer en el tópico para analizar esto ni utilizar las consabidas y manidas sinrazones.

¿Qué nos pasa que creemos que todos los demás son tontos? ¿Qué nos pasa que estamos convencidos de que el diálogo es imposible? ¿Qué grado de cerrazón hay en nuestras cabezas que pensamos que se nos abrirá golpeándola contra la del otro?

Poco a poco, parece que España deriva hacia lo que es su tradición; aquella que llevó a Goya a pintar a dos españoles clavados en la tierra y golpeándose con sendos bastones.

¿Es todo producto de nuestra historia? ¿Hemos sido invadidos tantas veces que hay en nuestro interior una desconfianza permanente contra el otro, contra lo otro, contra lo nuevo, contra lo extraño?

Llevamos dos días en los que a los socialistas, por ejemplo, les ha dado por llamar tontos a los demás (Múgica y un tal Castro); dos portentos de la dialéctica (la derecha también tiene su servicio permanente de tonterías; basta conectar la COPE).

Cuantas oportunidades ha perdido el socialismo por abandonar la argumentación, por creer, de la mano de Felipe González, que es mejor quitarle al otro sus argumentos que rebatirlos.

El resultado es que se jugará siempre en terreno ajeno. Y mala cosa si el otro, igual habilidosamente, ha optado por un terreno lleno de tonterías (habilidosamente porque no hay nada mejor para un poderoso que sólo se hable de tonterías, que las cosas serias son sus intereses).

Si el socialismo no es racionalidad, no es nada. El socialismo es producto, hijo del racionalismo. Esto se ha olvidado, y así van las cosas. Ya no nos vale ni Keynes, que era un economista capitalista. Solbes es más conservador que el inglés.

Plantearlo así también tiene trampa: es una solución demasiado fácil, y cuando te pones a gobernar te das cuenta (se dan cuenta, puede) de que a pesar de que dos y dos son cuatro, la prensa canallesca, por ejemplo (la hay que no lo es) terminará por demostrar lo contrario.

Sin embargo, por muchas que sean las zancadillas, las dificultades, las mentiras, la manipulación, hay un grado mínimo de razonabilidad y racionalidad que no se deben rebasar.

Respecto a la derecha, hay que confiar en que hay dos, una razonable y otra montaraz. No le demos armas a la montaraz jugando con sus mismas cartas. Intentemos por similitud crear una corriente de entendimiento con la razonable, aunque a veces parezca que es mínima y está destinada al degolladero. La confusión sólo le viene bien a la injusticia.

En España no hay un conflicto grave como para llegar a niveles de absurdidad inasumibles.

Se podrá decir con razón: ¿Ah, no lo hay? ¿Es pobre el 25% de la población y no lo hay? A lo que habrá que responder: efectivamente, pero lo curioso es que nadie discute por ese asunto. Es más, da la sensación de que ningún partido, desde la extrema derecha a la extrema izquierda, lo tiene en su agenda.

El matrimonio homosexual, la educación para la ciudadanía, las fosas comunes, han provocado más terremoto que el insuficiente gasto social realizado.

Pero, claro, respecto a este último asunto no cabe discusión: todos los grupos asumen esa insuficiencia social como propia y obligada.

Y en lo que respecta a paro, jornada laboral (no olvidemos las 65 horas amenazantes) eventualidad, insuficiencia salarial, incumplimiento de convenios, poca discusión hay.

El separatismo es un problema grave, pero a pesar de todo hay más unidad de la que parece.

Vistas las cosas así, ¿cuál es el diagnóstico? ¿O será necesario cuadricular previamente el terreno y distinguir entre tonterías de las izquierdas y tonterías de las derechas; tonterías de los pobres y tonterías de los ricos; y localización por grupos de todo lo que hablan innecesariamente que beneficia a su contrario.

Quizás sea un buen método. Maquiavelo decía que en política todo acto inútil es enojoso. Decir política es decir vida. Quizás habría que comenzar una investigación sobre todo aquello que sostenemos, y sin darnos cuenta, beneficia a nuestro contrincante; y en vez de banalizarlo, erradicarlo inmediatamente de nuestro pensamiento.