Ayer pasaban por la televisión los esfuerzos de un perro callejero intentando sacar de una autopista muy transitada el cuerpo de otro perro, no sé si vivo o muerto; cortaron el resto de la escena. Sospecho que los automóviles se los llevaron por delante. Y me he acordado de la expresión humana de una hembra orangután con su hijito. Y he caído en mi propia contradicción, estupidez, al pensar en expresión humana para acreditar lo injusto del trato que damos a los animales. Que absurdo. Ese perro en la autopista, con expresión humana o sin ella, con "virtudes" humanas o sin ellas, le da lecciones de humanidad, y de fraterndad, y de sensibilidad a muchos humanos que pululan por ahí, con metralletas en mano o sin ellas, e incluso con folios llenos de fórmulas humanitarias bajo el sobaco.
Alguien me reprochaba el otro día esa especie de tristeza mía (se había conferido ese derecho). No es que sea así totalmente, pero tampoco se ha hecho un mundo que invite a una felicidad excesiva. Ahora acabo de pasar por un bar, lleno de medio beodos y de su humo, cuya particularidad es la de tener adornadas las paredes con pequeños pajarillos estrechamente enjaulados. Seguramente han calculado el ahorro en madera y alambre. Me acorde de aquel escritor que se preguntaba cómo podía ser feliz sabiendo que había por ahí un perro abandonado. Uy, si sólo fuera eso.
Pero viendo todos esos espectáculos de salvajismo humano, que poca esperanza le cabe al reino animal. Somos peores que los depredadores de la selva. Ellos al menos hacen su trabajo con relativa rapidez. Nosotros no, eternizamos la tortura.
Cerdas metidas en cubílos que apenas contienen su cuerpo, mataderos que son una vergüenza para la humanidad, laboratorios que son la cámara de los horrores no imaginada por la más fértil imaginación sádica. En fin, triste.
Y ¿qué se puede hacer? ¿cómo esos grupos violentos norteamericanos? Tienen toda la razón del mundo, pero ni eso daría resultado. Primero harían falta verdaderos ejércitos, y en segundo lugar, si el negocio justifica la muerte de niños ¿no va a justificar la de animales?
Hasta esto tiene una implicaciòn política: que gran enemigo de los animales es el lucro. Y se me dirá ¿y en los otros regímenes, es mejor? No. Es cierto. No es mejor.
¿Pueden haber principios válidos cuando somos así?
Quizás lo primeros que debamos hacer es quitarnos las máscaras y mirarrnos francamente en el espejo. Si dejarámos de pensar en que somos maravillosos, posiblemente pudiéramos ver la capacidad que tenemos para generar violencia. Y una violencia en un muchas ocasiones totalmente gratuita y evitable.
¿Es que hay en nosotros un general instinto sádico? Preguntas así deberían preocuparnos. Es extraño que las escuelas de psiquiatría no sientan curiosidad por esta veta, o vena de locura. Es como si alguien empedrara el suelo con piedras negras y pretendiera que en conjunto el itinerario fuera blanco. Pero esto que puede parecer tan absurdo, es la tónica general. ¿Cómo ese psiquiatra va a investigar algo que le parece normalísimo. ¿Y que es anormal? Pues lo que se sale de la norma, y ya sabemos como son muchas de las leyes paridas por esos padres de la patria.
Y ¿no nos preocupa que si la violencia está ahí, mas pronto o más tarde puede dispararse hacia cualquier otro lugar?
Pero en definitiva, que mala suerte han tenido los animales de nacer junto a nosotros.
A quienes creen en Dios ¿no les extraña que se hayan creado tantas víctimas y se permita su reproducción? Que horrible palabra, víctima. Realmente no me afecta demasiado la violencia entre iguales (es una limitación, por supuesto) pero que impresionante resulta cuando el fuerte abusa del débil. Incluso del débil que en su día fue un tirano, o un depredador.
Y en este asunto de la desigualdad entre las posibilidades de autodefensa parece que hay pocos interés.
Más que libertario soy igualitario. Sólo entre iguales no habría víctimas. El daño que inflingimos a los animales se da porque se ha decretado que somos libres para hacerlo. Y no más fuertes, pero sí bastante más astutos e innobles.

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