¿PARTIDOS POLÍTICOS, SÍ O NO?
En el ideario del fascismo figuraba el corporativismo como uno de sus elementos esenciales, si no el que más. Significaba la contraposición al denostado por ellos sistema de partidos.
En su origen, el sistema de partidos tenía una finalidad muy clara: representar a las distintas clases que conformaban una sociedad determinada. Hoy, en Suecia, por ejemplo, a pesar de ser una de las sociedades más avanzadas, se sigue hablando de partidos burgueses y de partidos de los trabajadores, lo cual no está mal; es un buen recordatoria de cuál es su origen y función verdaderos.
Al decir contraposición al sistema de partidos se quiere significar un modelo interclasista en el cual se parte de una ficción política: que todas las clases tiene los mismos intereses y que estos pueden ser servidos mediante mecanismos técnicos apolíticos. Yo no soy político, decían los ministros franquistas, expresión copiada de aquella otra frase de Franco a sus ministros: hagan como yo, no se metan en política.
idea inteñligentísima: donde no hay política no puede haber dictadura política.
Y el franquismo así lo hizo, su llamada democracia orgánica disfrutaba aparentemente de una cámara parlamentaria, en la cual estaban representados los que se consideraban tres grandes sectores de la sociedad.
Se hablaba de tercios, y estos eran, el familiar, el sindical y el municipal. La democracia de ese parlamento se basaba en una previa designación orgánica, donde los munícipes eran nombrados a dedo, los sindicatos eran verticales, es decir, jerárquicos e interclasistas (patronos y obreros orando juntos) y la familia tenía unos procuradores en Cortes rescatados subrepcticiamente del cuasi partido único, que era un movimiento parado.
Pero no se trata de hablar del franquismo, sino de reflexionar sobre cómo algo puede degenerar insensiblemente en lo que era su antítesis.
Hoy, después de más de sesenta años, los partidos políticos comienza a hacer agua por pérdida de los objetivos que los inspiraron.
Los partidos de hoy no son la representación de sectores distintos de la sociedad, que en una cámara, discuten intereses contrapuestos. El motor de los partidos actuales, al menos los de eso que llamamos occidente, se mueven por un impulso denominado centro. Y todos somos de centro: los ricos y los pobres, los activos y los pasivos, los fijos y los eventuales, los empleados y los desempleados, los mendigos y los plutócratas.
Y nada impide que como últimamente en Austria, se forme un gobierno entre conservadores y progresistas, experiencia ya realizada en otros tantos países europeos, como pueden ser Alemania o Suiza.
Es decir, que esa fórmula clasista ha derivado hacia fórmulas tecnocráticas: los problemas no tienen distintos enfoques de clase, sino soluciones cuasi amatemáticas. La "verdad" es una, e igualmente detectable por todos, cualesquiera que sean las circunstancias que los rodeen.
Resulta curioso que la "verdad" jurisdiccional haya sido refutada por jueces y magistrados, que disfrutan de instrumentos de certeza bastante más precisos que los de los políticos y que estos, sin embargo, no tengan nada que decir al respecto y sigan funcionando como si la "verdad" social fuera una, tal como pretendían los "neocon" versión "findelahistoria" de hasta anteayer.
Porque el guirigay que hay entre partidos es bastante artificial. Si se cogen los distintos programas se podrá comprobar que sus fórmulas economicas y fiscales no son tan dispares a como lo son las diferencias de sueldos entre los distintos estamentos de la sociedad.
Por otra parte, los muros de esos tres grandes poderes que se decía actuaban como pesos y contrapesos para que las funciones de la sociedad se desarrollaran equilibradamente parece que están bastante cuarteados. Ni el legislativo es independiente del ejecutivo, ni el judicial es tan autónomo como se pretende, salvo el Constucional, que no se equivoca (¿quinto poder?). Es más, existe, efectívamente, un cuarto poder no contabilizado, el de la prensa, que encima haberlo no lo hay, pero sí que influye, y determinantemente.
Es decir, que tenemos unas democracias cuyos mecanismos se han desbaratado como arena en la playa. Pero ¿se detecta, se quiere detectar?
Lo que sí se evidencia es que hay una clase política uniforme, bastante ajena a lo que ocurre, atenta a su propia importancia, pero inconsciente al asunto fundamental de que las cosas van mal. ¿Es que no reciben informes que les aclaren que lo que aparece en las televisiones no es real, sino un escenario de cartón piedra?
Una de las grandes inteligencias de la burguesía en el poder fue anticiparse a los sucesos. El primero que lo hizo fue Bismarck, y le siguieron quienes inventaron un sistema que no solucionaba realmente la cosas, pero abría espitas para que la presión no hiciera estallar la bombona.
¿Tenemos hoy políticos con esa capacidad? Quizás hablen sobre el asunto, pero con la reserva que pide Feliciano Fidalgo, para así, según él, no calentarnos la cabeza.
Pero el problema no es que tengamos la cabeza caliente, sino que tenemos los piés helados.
Hace unos pocos meses, existían unos seres elegantemente vestidos, con metros cuadrados de corbata, con permanentes sonrisas ante la prensa (como diciendo, esto sigue siendo una fiesta, no pasa nada, todo está controlado, nosotros lo sabemos todo, "todo está amarrado") que se suponía, según la prensa y sus voceros, llevaban las bridas del mundo. ¿Se morían cuarenta mil al día? Tranquilos, está previsto y contabilizado. La cosa estaba controlada, por lo cual ya no era problema.
Pero después de lo que medio nos está contando la prensa, y a su pesar, ya no está tan claro que esos señores de apariencia de potentados tengan calculadas las muertes por día. Más bien parece que las cifras se les pueden disparar, junto a las de la deuda, las del paro, las de la recesión y demás catástrofes.
Y ¿cuál es el ámbito en el que se ha de tratar responsablemente todo esto? ¿Dónde hay unos representantes diferentes y encontrados con voces distintas que digan: ¡ojo, que a mi sector le va fatal, mientras al tuyo le han quitado el impuesto tal!
Mantener la ficción de un gran centro armónico sólo se puede lograr con mucho dinero, que es algo que estaba "casi" pasando. Pero en crisis, si esa desarmonía no se canaliza en un parlamento fidedigno de los problemas de la calle, la solución se traladará a la calle, y malo para todos nosotros.
Malo porque aquella fórmula de la extrema izquierda de que "cuanto peor mejor", no es tampoco totalmente demostrada.
