Cuando estudiabamos inglés en el bachillerato, nos aclaraban que el humor británico no era facilmente inteligible para un latino. No por problemas lingüísticos, sino de mentalidad. Por ejemplo, nos explicaban, un chiste inglés consistía en preguntar en qué se parecía un tomate a un ascensor. En que ambos eran rojos, contestaban. Los alumnos nos mirábamos más sorprendidos por que los ascensores fueran rojos que por el chiste.
Ahora resulta que a pesar de los consejos de los profesores, nuestra mentalidad sí coincidía con la anglosajona. Hemos hecho una gran esfuerzo de adaptación para ello, al extremo de que hemos logrado reirnos de chistes que no podían tener gracia, en cuanto que estaban pésimamente traducidos.
Por ejemplo, los hermanos Marx han sido tan mal traducidos que aquí nos reíamos creyendo que no estabamos asistiendo a un humor con sentido, sino a un humor absurdo. Varios ejemplos vienen en El Público de hoy. Uno, seguro que nuevamente mal traducido, explica por qué cuando se percatan de que a un documento le falta un sello, uno de los actores aparece con una foca: sello y foca se dicen de igual forma en inglés. Es decir, que por la vía de la absurdidad, nosotros poníamos la gracia donde se la quitaban los traductores. Se estima que más de un 35% está mal traducido. ¿Se reirían ellos, de conocerlos, de los chistes intraducibles de Martes y 13?
¿La solución? supongo que aprendamos todos inglés para reirnos con propiedad. El chiste lo merece. Porque claro, la traducción a pié de pantalla no serviría; podría reproducirse la deriva hacia lo absurdo, que en esta época hace mucha gracia. Ahí tenemos a Bush con chistes cada más más ingeniosos.
Sin embargo, dentro de 20, 30 años ¿habremos de aprender chino y reir chistes chinos? He leído varios libros de ellos, y la verdad, no entiendo casi nada. Supongo que para comprender algo verdaderamente hay que conocer el conjunto de sus manifestaciones, y no una parte mínima.
Después de esto, y un millón de cosas más, hay algo que está claro, no se alaba el valor verdadero de las cosas, sino a quien las emite. Voy a un restaurante excelente español, bueno, bonito, barato y saludable. Enfrente hay un McDonals. Este está lleno, el otro no. Igual ocurre con las chicas que atienden las barras de los bares de la zona, la mayoría son inglesas, escandinavas o centroeuropeas; se cotizan más.
¿Está mal? No. Está mal la exclusividad, el mimetismo por el mimetismo, ese vicentismo de ir a donde va la gente, y la gente ir no a donde está el mejor, sino el que creen es el más poderoso.
Hay que reconocer que tanto Gran Bretaña como los EE.UU. supieron explotar la vetas del éxito. Los gallegos dicen que dinero llama a dinero. Y éxito a éxito. Que crean que eres el mejor... y lo serás. Aunque tu humor sea absurdo y para tu fuero interno pienses perplejo, vaya gansada.
Han sabido crear una apariencia bastante atractiva, así desde el siglo XIX. Las cosas de los demás no existían o se veían sólo las horribles. No hace mucho pillaron a unos cámaras ingleses arrojando por el suelo desperdicios de los contenederos de una ciudad italiana. Iba a ser un reportaje muy sustancioso. Lo que no sabían es que a su vez, los estaban filmando a ellos.
Mala reciprocidad. Ahora por ejemplo, a los esquisitos les ha dado por mostrase shakespirianos. ¿Esta mal? En absoluto, se lo merece sin níngún género de duda, siempre que también se sea cervantino, victohuguiano, tolstoiano, papiniano, etc. etc.
Hace tiempo leí algo que me sorprendió, y empiezo a sospechar que es verdad: que en los EE.UU. tenían dos tipos de producciones, unas para consumo interno, de mayor calidad, y otra para exportación. Y aquí parece que hemos comprado, por ejemplo, películas de la sere B que seguramente no se ponen, no se pueden poner, en ningún cine norteamericano.
A ver si creemos que vamos vestidos de modernos y la realidad es que vamos con retales desechados.
Bertolt Bretch aconsejaba no creer nada que no se haya aprendido por uno mismo. Es una buena cura contra ese mimetismo hacia el amo que sólo tiene un afán: parecerse, en definitiva, halagar, porque el sólo deseo de imitación es un halago.
No se trata de estar contra nada, sino con todo. Sólo así se depurará y adquirirá calidad. Si no tenemos una panorámica general del mundo ¿cómo seleccionar y propiciar que se nos ofrezca lo mejor? A ver si esto de la competitividad va a ser otro cuento, en el cual previamente se eliminan a los que pueden quitarnos el puesto.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados