DIFAMA, QUE...
En España decimos: "Difama, que algo queda". Es uno de los refranes más atinados que hay. Ese juego sucio tiene una raíz común: la impotencia. Si no puedo batirme contigo, al menos te salpicaré. Y en la distancia, ¿quién puede saber cuál es la verdad, la realidad?
Por eso, el consejo más sabio que se puede dar acerca de individuos así es el de "cuanto más lejos, mejor".
Es inutil pretender con ellos un duelo inteligente, argumentado, contrastado, edificante, esclarecedor; es un mundo demasiado elevado para sus habilidades. Tienen experiencia... en el arroyo, y la aplican. Ahí lavan sus miserias, entre aguas estancadas y sucias.
En el origen de la difamación también hay poquedad de espíritu. Rumían sus fracasos, su incapacidad, y como no pueden elevarse, intentan ocultar la realidad del otro con el escupitinajo. Querrían cubrir el mundo entero con sus esputos. Pero es imposible.
Por supuesto que huyen del argumento. Si se quiere localizar a un difamador, sólo hay que buscar la ausencia de argumentos. Ellos no proponen y rebaten. Afirman su mentira, la repiten insistentemente, y nunca la demuestran.
¿Un mal nacional?
Habría que conocer el resto del mundo para contestar. Con saber que es un mal humano basta, y hay que huir de él en cuanto se sospeche su proximidad.
Huir no por miedo, sino por higiene. Son como la peste negra. Mortales para un mundo humanizado, honrado, transpaterente.
Saben que sus sombras pueden tener alguna eficacia, que pueden ocultar cualidades que les molestan.
Por detrás hay mucha envidia.
Además, creen que la mentira reivindica la causa de esa herida que llevan dentro, purulenta, barrenante.
Hasta se jactan interiormente de su bajeza. Ya que no pueden ser maestros de lo correcto, serán maestros de la bajeza.
Inmaduros ellos, imposibilitados por crecer, han optado por reptar.
Como no temen al escándalo pueden "pregonar" a cualquiera a los cuatro vientos. El escándalo pondrá en evidencia al escadalizante y al escandalizado. Ha logrado lo que quería, arrastrar al otro a su pozo.
Como tampoco tienen formas, pueden montarla en cualquier lugar público, porque lo que pretenden es bastante asequible: que las miradas se concentren en ellos y que sobre el otro quede aunque sea una sombra de duda.
Lo triste de todo esto son las energías inútiles que se gastan.
Si se aplicáran en algo positivo, cuantas obras beneficiosas habría.
Pero, claro, hay que valer para ello; no todos pueden construir, es muchísimo más fácil destruir, ensuciar, enlodar. No hay que ser muy grande para herir, hasta un pequeño insecto puede hacerlo.
Huyamos de los difamadores, que se queden con sus mentiras.
Uno de los males mayores de este mundo es la difamación, porque conlleva confusión, intriga, desconfianza, mezcla de vicios y cobardías, traiciones.
Es una táctica antigua: "Mezclémoslo todo --piensan--, para que al final no se pueda diferenciar entre lo correcto y lo incorrecto...Trasmutemos el orden natural de las cosas, e impongamos lo torcido, así, las jorobas de nuestro espírtu quedarán camufladas".
A los que no se indignan por nada, a los que optan por la comodidad y el relativismo, a los amigos de todos y de nadie a la vez, hay que decirles: cuidado, es un cáncer, y se extiende...


diablailustrada dijo
Es muy difícil luchar y combatir contra lo que no vemos. Llevas razón, la difamación derrota más que un combate frente a frente. Es como matar la muerte.
Saludos.
22 Diciembre 2008 | 10:30 AM