EL ODIO CONTAGIOSO
Dice Sartre que basta que un hombre odie a otro para que el odio vaya corriendo hasta la humanidad entera (1).
Parece que es verdad. Y la cosa es tan absurda que hasta podemos ver a los de uno y otro bando pidiendo lo mismo a sus sendos dioses (que será el mismo, a no ser que los romanos tuvieran razón con sus múltiples deidades), es decir, ganar, lo cual parece irresoluble.
Ese odio se contagia hasta indefensos blogs que no pintan (pintamos) nada en este mundo inmenso. ¿Quién los lee, 50, 500, 5.000 personas? Una gota en los océanos de la información y de la desinformación.
Pero habría que mirar en lo que hay detrás. Muchas veces nos reímos de alguien porque se apasiona por un diálogo en una película, y le recordamos irónicamente que sólo es eso, una película.
Pero olvidamos que el guionista es de carne y hueso, y sobre todo, tiene intenciones.
A mí, antes no sabía por qué, me alteraban los diálogos de los niños en las películas. ¿Por qué? me preguntaba, si me encantan los niños; hasta que caí en la cuenta: inconscientemente detectaba al adulto melífluo que había detrás del personaje-niño.
Con la política ocurre igual: nada de esto que ponemos aquí tiene eficacia, pero sí que es resultado del mundo real.
Y es tan resultado que olvidamos el asunto principal que inicialmente nos apasionó: los sujetos del suceso.
Yo no ignoro las motivaciones de los pro-israelíes. Ni siquiera las de muchos de sus gobernantes (los honrados). Supongo que un gobernante sensato pensará: he de proteger a mi pueblo. Ya sufrimos un escarmiento, y no permitiremos que se repita.
Pero claro, eso que es justo, sólo lo es unilateralmente, porque los gobernantes responsables de Palestina pensarán igual. Tenemos en 8 años más de 5.000 muertos, 5 millones en campos de refugiados, vivmos a expensas de otro pueblo, que en cuanto desconfía nos asfixia, principalmente alimentaria y sanitariamente.
Y como las conversaciones se eternizan, más de 60 años lleva, la cosa salta por los aires.
Por eso, si todos fuéramos sensatos, en vez de echar leña al fuego, echaríamos agua. Pero no, realmente, más de los que se cree, no están abogando por los derechos de unos u otros, sino que están ventilando sus pasiones personales.
Y eso es muy malo. Porque, 500, más 500, más 500 lectores, son una gota en un óceano, pero también son un síntoma del mundo. Y parece que un mal síntoma.
Es decir, que algo grave pasa cuando la frase de Sartre no se da al revés: basta que un hombre congenie con otro para que el entendimiento vaya coriendo hasta la humanidad entera.
Si no podemos entendernos en unos blog con ínfimos intereses ¿cómo pretender que algo que es tan vital para el humano, la propiedad y sus múltiples derivados, se ventile pacíficamente.
Por eso, el poema "Coliseum" de Evtuchenko (tranquilos, es disidente ruso) es tan actual: más culpables que los contendientes son aquellos que desde fuera, sin riesgo alguno, echan leña al fuego.
Y esos de fuera va desde los organismos internacionales hasta los blogeros irracionales.
Si yo formo parte de ellos, mea culpa. Pero por eso intento en el asunto de los palestinos e israelíes basarme en dos hechos objetivos:
a) la necesidad de que se creen dos estados distintos, dos, en igualdad de condiciones.
b) aplicación de todas las resoluciones de la ONU.
Lo demás son subjetivismos o intereses directos poco justificables.
Sobre eso deberían versar las argumentaciones si ambos presupuestos (o uno de ellos) tienen algún fallo.
(1) Sí, frase copiada de proverbia. Gravísismo, lo reconozco.



yon Khauss dijo
Totalmente de acuerdo con su argumento.
Un abrazo
3 Enero 2009 | 02:48 PM