Todo el mundo es esencial a la idea de España; casi todo el mundo, mejor dicho. Si hablas de corridas de toros, ellas son consustanciales a nuestra patria. Si hablas de judios, ahora también está de moda esa consustancialidad, de mano de los sefarditas. Y si hablas de la Iglesia católica, idem de idem.

Dice el obispo de Toledo, numero uno de la Iglesia española, que si España dejara de ser católica dejaría de ser España.

Y para ello recorre a conveniencia nuestra historia, incluyendo a Isabel la Católica, la evangelización de Ámerica y no se sabe cuantas cosas más.

Lo más sorprendente, viniendo sobre todo de personas la más de las veces doctas en derecho, que se mezcle lo legal con lo moral.

Y esa esencia española a la que se refiere no es abstracta, espiritual, Tiene que ver con el matrimonio, con el divorcio, con los matrimonios homosexuales, con el aborto, y con asuntos profanos (¡) y legales que nada tienen que ver con la religión.

España es un estado aconfesional en virtud de una Constitución votada mayoritariamente, y esas leyes se van promulgando a instancias de la labor legislativa de los partidos que van ganando las elecciones, es decir, UCD, PSOE y PP hasta ahora.

Relacionar esa esencia española con Isabel la Católica es tanto como identificarla también con la Inquisición, con las guerras de religión, la "Cruzada" nacionalcatólica, con el garrote vil y con su catoliquísima majestad Fernando VII.

¿Eso es lo que quieren, que volvamos al pasado, a ese preciso pasado donde la Iglesia tenía esclavos, siervos, las tres cuartas partes del territorio nacional e inspiraba la legislación?

Un proyecto tan denso, tan espeso, tan des-revolucionario requeriría como mínimo que la Iglesia se constituyera en partido político, ganara las elecciones y abrogara de entrada esta Constitución.

¿Esto se podría decir, al menos así, en Francia, Alemania, Inglaterra, Portugal, etc. etc.?

Al principio se decía que casi todo el mundo es consustancial a España en el sentido de que hay unos excluidos permanentes: los españoles que trabajan diariamente por un escaso sueldo.

La II República proclamó, un poco demagógicamente, que España se constituía en una república de trabajadores.

Pero, las declaraciones como las del Primado, en el siglo XXI, después de haber pasado por una dictadura como la de Franco, fiel aliado de los nazis hasta que dejaron de ganar, tienen la virtud de darle plena actualidad a lo que parece una declaración un poco demagógica. Demagógica porque esos españoles, a la hora de la verdad, carecían y carecen de poder, que es el económico y el que verdaderamente mueve palancas.

A veces da la sensación de que este vivir en el borde de la navaja es una añagaza para seguir luego con el asunto que interesa, es decir, subiendo precios y bajando salarios sin escándalo alguno, que todo el mundo dirá, o rezará, "Virgen Santa", déjame como estoy.

Y cambiando un poco de tema, hay que insistir en que ante este panorama confesional, a algunos sigue pareciéndonos un error dividir a los españoles en ateos y creyentes, en vez de confesionales y aconfesionales.

El problema a debatir no es moral (si dios existe o no) sino legal (si el estado debe ser católico o neutro).

Uno de los problemas de cierta progresía española es que se les va el tacto en el momento menos oportuno. Las cosas no están para matices, sino para asuntos realmente esenciales; asuntos que agrupen a los que quieren simplemente un estado moderno.

Que a estas alturas no se haya comprendido que hay un gran bloque de españoles, más bien de centro, que mira pasmado a su derecha e izquierda por lo que ve y oye, sin saber realmente qué hacer y que se espanta fácilmente, es sorprendente.

Al final, por culpa de unos y otros, los domingos misa obligatorio para todos. Menos mal que el fin del mundo se avecina.