EL NUDO GORDIANO
El nudo gordiano fue un mito inventado por los persas para preservar su imperio. Quién no lo desatara estaba condenado a fracasar en su conquista. Como el nudo, laberinto de cuerdas, era inextricable, el imperio estaba preservado por los siglos de los siglos.
Es un comienzo de guerra psicológica. En aquellas épocas las tropas eran muy sensibles a estas fábulas.
Alejandro Magno lo resolvió de un tajo, con lo cual deshizo el nudo y la fábula. Una muestra más de un espíritu que se eleva sobre los tópicos. ¿Por qué desatarlo si se puede cortar?
La propiedad privada es el nudo gordiano de la sociedad. Tan inextricable como aquel, cuenta con la participación de los soldados de uno y otro bando. No es fácil cortarla de un tajo. Casi todos están por su preservación. Después de todo, los mitos siempre han gustado más que la realidad. Sólo basta con maquillarla defectuosamente para que las gentes se cobijen en sus sueños, o en los hermosos sueños de los propietarios, que es peor.
Las sociedades a lo largo de los tiempos han tenido distintos nudos gordianos.
Primero fue la esclavitud. El señor era dueño de la cosa, es decir, del esclavo. Inteligente ficción jurídica. Arranquemos el alma del hombre robándole su condición humana. ¿Qué remordimiento de conciencia cabe respecto a una cosa, qué denuncia?
Hasta el supuestamente genial Aristóteles manifestó que la esclavitud era justa y necesaria. ¿O dijo útil? El nudo gordiano pudo más que su inteligencia, o más que su conciencia. Ahí, Alejandro supero al maestro.
Quizás en virtud de los credos, hubo que disimular la ficción con otra ficción. El siervo sustituyó al esclavo. El siervo no era propiedad del amo, pero sí la tierra. Y como el siervo estaba sujeto a la tierra, el amo seguió dominandolo todo.
Hoy conocemos otro sistema de servidumbre, el trabajo asalariado. La inextricable cuerda, anudada hasta el infinito, tiene sin embargo comienzo y fin: la libre contratación y el cuasi despido libre. Ese nudo es más perfecto que el de los persas. El único tajo que puede destruirlo es el de la revolución. Pero todos preferimos la evolución, aunque esta últimamente no avance.
Después de todo, es más satisfactorio el espejismo de la propiedad privada que la autolimitación de la propiedad colectividad. Nos han inducido a pensar que lo que es de todos en realidad no es de nadie.
Otro nudo gordiano desanudable es el alma del hombre. Cuando se comprenda, habrá llegado nuestra propia lliberación. Mientras tanto, seamos libres en nombre de la esclavitud.
Shakespeare quiso convecernos de que la cuestión estribaba entre "ser o no ser". Quizás triunfó porque caminó junto a reyes con su paso y bajo la luz de estos. Desorientarnos le valió que coronaran su frente con laureles. Pero cuidado, el laurel es un veneno.
Cervantes no fue tan afortunada. Mérito de los ingleses o defecto de los imperiales españoles.
La realidad es que Cervantes decía cosas muy comprometidas. En aquellos tiempos de fundamentalismo religioso no se podía afirmar impunemente que "con la Iglesia hemos topado". Por mucho menos otros dieron con sus huesos en las mazmorras de la Inquisición.
Volviendo al dramaturgo y poeta inglés, se le ha concedido extraordinaria grandeza al dilema planteado. Todo el mundo lo repite, aunque no se parezcan en nada a Hamlet.
Los apologistas de la neblinosa Albión trabajaron bien entre brumas. Sin embargo, más grande fue aquella otra frase de Don Quijote, en la que el loco siente nostalgia por aquellos tiempos en los que no existían las palabras "tuyo ni mío".
Seguramente Shakespeare hubiera tenido menos predicamento si hubiera dicho que la cuestión radicaba en "tener o no tener". Menos poético, pero más real. La bruma, después de todo, es etérea y flota.
Quizás quiso decir, la cuestión es ser o no ser... ricos. Pero se lo calló prudentemente.
Proudhon, al otro lado del brumoso canal, afirmaba que la propiedad es un robo.
Lo será o no lo será, pero sí que es un nudo gordiano. Que poder tiene para desagregar a los hombres. Con que habilidad la pequeña propiedad ha diluido la consciencia de la gran propiedad, que cuanto más grande, más invisible.
Quizás, después de todo, Shakespeare también tuviera razón en eso. Lo tuyo y lo mío surgió por una cuestión de ser o no ser. Agréguesele el adjetico que se quiera.




Jo dijo
También cabe alterar la frase se Shakespeare con esta otra: 'Seguir siendo o dejar de ser lo que somos', he ahí la cuestión. El nudo gordiano de la actualidad está a punto de ceder. Tendrán que inventarse otro. Pero se ha apuntado otro factor a la fiesta del hombre: el cambio climático, y este no se andará con rodeos ni cederá un ápice cuando los 'bienpensantes' vengan a suplicarle que atempere su rigor. Porque con las lluvias y las sequías no se juega.
12 Febrero 2009 | 08:33 PM