¿CAPACIDAD IGUAL A PRIVILEGIO?
Lo más normal es que los más capacitados sean clasistas. Otra cosa será ponerse de acuerdo en qué es estar capacitado. Ya los vimos en Davos, no daban una, a pesar de sus Yales, Oxcam, Harvars y Lovainas. Y así lo reconocieron. Que razón tiene la Iglesia en no querer reconocer sus errores.
Como ellos son quienes dirigen la sociedad, lo normal es que la conformen a su imagen y semejanza, como hizo dios con el hombre al crear el mundo.
Pero, como se decía arriba ¿de qué capacidad hablamos? ¿De una capacidad de gestión, de una capacidad ética o moral, según el matíz, de una capacidad competitiva, de una capacidad previsora? ¿De bienestar, de seguridad, de placer mal distribuido, de producir al máximo hasta el agotamiento? ¿De que reciba sólo el que vale?
¿Algo al revés de estas dos máximas:
"A cada cual según su producción"; y aquella otra aún más progresiva de "a cada cual según sus necesidades". Aquí no hay una retribución aritmética y automática. Intervienen otros elementos.
Como ellos los capacitados conforman la sociedad, también es lógico que definan esa capacidad según sus propias cualidades.
Y que ellos la conformen no quiere decir que mientan o no acierten. Igual pueden ser sinceros y estar acertados. E igual no. Como el del tiempo: puede que mañana llueva, aunque puede que haga sol; de cualquier forma, el tiempo esta cambiante.
¿Significa todo esto además todo lo contrario? Es decir, que los menos capacitados no son clasistas, o más claramente dicho, que son igualitaristas?
Tal pregunta es una incógnita, sobre todo en España, donde las estadísticas declaran (no demuestran) que el 99,99% está satisfecho con sus propias características, es decir, están conformes con su capacidad, lo cual debe signifcar que es inmejorable.
(Difícil saber qué es uno en realidad según esa definición que sostiene que uno es lo que es, lo que cree ser, y lo que los demás creen que él es).
De cualquier forma, al margen de la autobiografia que cada uno maquillemos, los menos capacitados dependerán de los más capacitados. O al menos así parece.
Es decir ¿es esta una situación de tutela en la que la mayoría ha de entregar la gestión de sus intereses a una minoría más capacitada?
Y ¿es esto eficaz desde un punto de vista de los más?
Porque, más capacidad no significa más moralidad, ni más humanidad, ni más sentido de la justicia, ni siquiera captar las verdaderas necesidades de los gestionados.
Ni eficacia tampoco significa más justicia. ¿Los utilitaristas o los rawlsianos?
Al revés tampoco la cosa ha de corresponderse: más justicia tampoco signifca más eficacia.
Para desentrañar la cosa quizás deberíamos comenzar por ponernos de acuerdo en la significación de los conceptos.
Siendo muy justos y generosos, justicia puede significar frustración, insatisfacción para los más cualificados.
Porque ellos se basan en que su labor ha de ser correspondida con privilegios. Lo cual es aceptable, y es posible que hasta necesario.
Pero privilegio es desigualdad, y desigualdad, de entrada, no es justicia, o al menos, no es equidad (equi, igual).
Porque los menos cualificados tienen también sus argumentos y armas: ¿serían algo los cualificados, sólos en el mundo, sin esos no cualificados? ¿Panaderos, mineros, celadores, auxiliares administrativos, guardias de seguridad, revisores? No hemos ido a Oxcam, dirán, pero si nosotros nos paramos, se para el mundo. ¿Sería algo Napoleón sin tropas? ¿Le habría vencido Wellington sin ellas? Si no son nada ¿por qué tanto alboroto cuando se convoca una huelga?
Es decir, que no hay fórmula matemática que resuelva la preeminencia de unos sobre otros. Es decir, que más necesaria que una ecuación algebraica, hace falta un análisis ético de las relaciones entre las personas y si se quiere, entre las clases.
¿Por qué introducir ética en un aspecto que sólo tiene claves económicas? se dirá.
Pues porque la eficacia sin componentes éticos se queda en un esqueleto de violencia, de fuerza, de dependencia obligada, de tensión, de permente pulso. Y a la larga las relaciones pueden cambiar. Un trozo de oro es valiosísimo en un banco, pero inutil en medio del desierto. En medio del desierto vale más un vaso de agua. Y al revés.
Esgrimir la capacidad como el único componente a considerar en las relaciones sociales es un gran peligro. De entrada sería desdemocratizar la sociedad; sería sustituir unas relaciones que pretenden ser horizontales en verticales. Un fallo en una de las clases interpuestas, y todo podría venirse abajo.
Por otra parte ¿qué pasaría con los débiles, los niños, los enfermos, los ancianos? ¿qué pasara con los futuros ciudadanos, que aún no están, pero a los cuales les estamos destruyendo ya, robando la tierra en la que habrán de sobrevivir?
¿La tutela la solución? Los ejemplos que vivimos no invitan a la euforia.
Las clase privilegiadas hablan de la "excelencia" como un aura que ilumina su posición.
Pero, ¿tan perfecta es su obra que permite tanta complacencia?
Más bien la excelencia parece una engañifa más buscando el privilegio.
Sólo volver a fórmulas de convivencia y de bienestar social pueden engrasar la convivencia entre las personas.
Esperemos que el bicentenario de Darwin no sea para meter por la puerta de atrás una versión manipulada en beneficio del funcionalkimso de los privilegios.
De entrada él sostenía que no sobreviven los más inteligentes o fuertes, sino los que mejor se adaptan. Parece una fórmula más bien razonable, arbitrista de las realciones, más que un método impositivo, que sería el de la inteligencia como fuerza o de la fuerza movida con inteligencia.
