TONTOS Y LISTOS
Parece ser que, a pesar de la crisis que atraviesan los EE.UU., el Partido Republicano no está dispuesto a colaborar con Obama. Como la economía es algo que ya no la entienden ni ellos, lo cual han reconocido en la última reunión de Davos, ¿qué opinar? Opinar sobre la dirección de un país es ya de por sí bastante comprometido y audaz. Más cuando las dos fuerzas principales se enquistan en sus razones, lo cual desorienta a todos.
Se dirá, para eso está la prensa. Sí. Pero la prensa no es independiente. Al menos no es independiente de la empresa. Sí el Estado entendiera que para sanear la economía debe gravar a la clase que financia a la prensa, es decir, a los grandes propietarios, está claro que no recibiríamos de la prensa una información veráz sobre el asunto.
Entonces, ¿debería el Estado subvencionar a una prensa independiente de los poderes económicos? En tal caso, sectores interesados sostendrían que esa información es parcial en beneficio del Estado y condicionada por las subvenciones, lo cual tampoco es mentira.
Quedan los partidos, pero esos son los que se tiran los trastos a la cabeza.
¿Quién más queda? ¿Los intelectuales? Últimamente, dada su experiencia, están condicionados por un poder aún más tiránico que la subvención: el best seller. Aquello que no gusta al gran público no se vende, es decir, está comprometido por el editor y el comprador, cualquiera que sea la calidad de su gusto.
Que el gusto del público esté subliminalmente dirigido es otra historia.
Quedan los partidos sin poder, pero son lentamente laminados, de forma que sólo les caben dos opciones: o ser un partido más, o ser un partido menos. Más bien lo segundo.
El bipartidismo se ha extendido por el mundo como la única forma posible de democracia. Italia fue la última expresión (al menos europea) del pluripartidismo, pero su pentapartido se hundió en la ineficacia. No se incluye el dato de la corrupción porque sería tanto como contraponer y relacionar pluralismo, corrupción; bipartidismo, honradez, lo cual no es verdad.
Se invoca la democracia como remedio milagroso. Pero más bien parece que existe un proceso natural de aberración, cualquiera que sea la fórmula. Todo ha de ir cambiando, reformándose, desapareciendo, siendo sustituido incansablemente. No hay otra panacea que no sea la de la labor diaria de todas las partes implicadas.
Pero creemos equivocadamente que realizando la formula mágica (la democracia), ella funcionará por sí sola.
Quizás lo que debamos entender los ciudadanos es que cualquier gestor del sistema tenderá a anteponer sus intereses a los nuestros. Y frente a esto sólo caben dos remedios: abrir mucho los ojos, e informarnos seriamente. No basta con mirar, hay que saber ver.
Mientras nos dediquemos a patochadas, mientras sigamos a la mosca como la sigue el ingenuo gato, no habrá remedio.
Está claro que no se puede practicar la democracia directa; eso valía para pequeñas ciudades, como la polis griega; y una cosa es la actividad representativa y otra entregar totalmente delegado el ejercicio de nustras cosas e intereses.
Pero parece que hasta en eso falla el asunto: la mayoría no cree que estas sean sus cosas y sus intereses. Todos, el político, el empresario, el informador, el juez, el abogado, el economista, son más que él. En todo caso tiene asumido el papel de... reo.
Parece que los políticos en su mayoría, sobre todo los que ocupan escaños, no son totalmente conscientes de su labor de intermediación. Para ellos la jerarquía correcta no es ciudadano, parlamento, gobierno, sino al revés, gobierno, parlamento, ciudadano.
Es más, no es que se lo planteen así conscientemente, como producto de una doctrina determinada, previamente estudiada, sopesada y seleccionada.
Más bien parece un problema de exceso de empacho, donde la digestión ha ocupado el lugar de la reflexión.
Pero, en esta sociedad sin ejemplaridad, todos propendemos a imitar no a la virtud, sino a la opulencia, el poder o el gusto, pero sin su contenidos verdaderos. Una ficción más en este mundo aperental.
Nada es dado gratuitamente. Si pensamos que delegar es más cómodo que comprometerse no nos sorprendamos de que nos cobren costosamente la gestión.
Bertolt Brecht, sin renunciar a la ideología, decía que no creyéramos aquello que no hemos aprendido por nosotros mismos. Dejémonos de delagaciones, que esta crisisi, como todas, ha demostrado algo muy interesante:
Que ni los listos son tan listos, ni los tontos tan tontos.
Así que habría que comenzar a repensar las posiciones que ocupamos en la sociedad, o al menos su retribución.
