28 F
El asunto de las autonomías resulta misterioso. Percibes sensaciones contradictorias sobre él. Por un lado parece que quienes diseñaron el modelo territorial pretendieron apagar el fuego con más fuego. Por otro que, o sabían mucho, o no sabían nada.
Que sabían mucho porque es una garantía para el sistema económico consagrado en esa misma constitución. No hay cambio posible, ni por la vía del derecho, ni por la del hecho. ¿Quién puede poner de acuerdo a diecisiete autonomías dispares?
Que no sabían nada precisamente porque el sistema no es de esos que permiten una acción razonable y coordinada. Una cosa es proyectar un sistema y otro que no se vaya de las manos y derive en la más absoluta ineficiacia. Ahora hay quienes quieren añadir un escalón administrativo supralocal, el de las comarcas.
Está bien, igual podemos convertirnos en una industria exportadora de incompetencia.
La cuestión es que no parece que haya un derecho que emane del deseo de los más. Se ha envenenado a unos pueblos con ficciones que no estaban en sus venas. Lo que hay ahora en sus venas, ya ni se sabe. Una extraña mezcla, de ficción, obcecación y sinsentido.
Es más, algunas autonomías se construyeron a espaldas de cualquier entusiasmo.
Se justificará el sistema diciendo que tuvo el respaldo de las mayorías. Pero hasta en eso hay artificialidad. Mucha gente va a votar asuntos que no siente, en la creencia de que tiene la obligación moral de participar, so peligro de que quiebre todo el sistema restante, incluido el de su propio binestar.
Al margen de que también se tiene la sensación de que al final saldrá lo que unos elegidos, que no electos, quieren. Está pasando con los referendums europeos. ¿Se pierde lo que deseaban los poderes fácticos? Pues nada, se vuelve a repetir hasta que se gane.
¿Por ejemplo, por qué no se aplicó la clausula constitucional de que una autonomía tenía que ser apoyada por todas las provincias que la integraran, como ocurrió con Andalucía? ¿Por qué hubo de remediarse el asunto con legislación posterior, enmendando la falta de apoyo de la provincia de Almería? ¿Por qué se desoyó el deseo de Segovia, creo haber leído, que no deseaba integrar la autonomía de Castilla y León?
¿De dónde procede este espíritu autonómico multiplicado por diecisiete? ¿Y qué decir de esas cinco autonomías uniprovinciales? Eso por no hablar de la vasca, que reunidas las tres provincias, no llegan a la dimensión de una del resto del territorio.
El 28 de febrero en Andalucía ha pasado prácticamente desapercibido. Al menos en lo que se refiere a ambiente popular.
No sería extraño que los políticos hubieran conmemorado artificialmente (y casi en solitario) su celebración. ¿Intercambio de insignias, o mejor, pins? ¿Esposas entrajetadas, fondonas y sonrientes?
Pero en la calle no existía tal ambiente. Participamos ahora en numerosos asuntos políticos como antes se iba a misa, por una mezcla de miedo, sentido equivocado de la obligación y superstición.
Esta tarde se pasaba en Canal Sur un reportaje donde se recogían escenas de niños a los que se les hacía recitar la lección aprendida y no sentida. Uno de ellos, con ojos de escandinavo, decía que la autonomía era eso, las tradiciones, la semana santa, la comida mediterránea y todo eso..., en suma, folclore; otro que si no conocíamos "nuestras raices", ¿qué éramos?, o algo así.
¿Nuestras raíces? ¿Cuáles son las raices de una autonomía uniprovincial? ¿Acaso las de la provincia? Que parodia.
O esos políticos sabían mucho, sí, o no sabían nada.
Es cierto que se han multiplicado por dieciocho las espectativas políticas de tanto político espectante. Quizás sea una forma de desfogar las apetencias personales. Pero, ¿en qué derivará la cosa? Parece que no nos hemos enterado que la escasez es uno de los problemas omnipresentes del mundo, de que Europa no seguirá proveyendo hasta el final de los siglos, o de Europa, que también es posible...
Hoy la gran noticia son las elecciones gallegas y vascas. Ya está todo el mundo sumando y restando coaliciones. Ya está el sufrido pueblo vasco (?) diseñando su incertidumbre existencial frente al Imperio. Idem los gallegos. ¿Vivirán, morirán los pueblos? ¿Les resolverán el salario de 700 euros?
¿Triunfarán, fracasarán todos esos gérmenes de Estado en su marcha desasosegada en los duros caminos de la Historia?
Señor, que aburrimiento. Aún no nos hemos enterado de cuáles son los verdaderos problemas que tenemos, y por ello seguimos inventándonos otros.
