ABORTO ¿BUENA, MALA FE?
Buena fe sería lo mínimo que se podría esperar de los propios compatriotas. Pero sólo decirlo suena a ingenuidad. Sin embargo, sería necesaria sobre todas las cosas.
Hay un dibujo muy a propósito que nos refleja un poco como españoles:
Dos asnos amarrados por la misma cuerda, y cada uno tirando en dirección contraria para consumir su propia ración. Naturalemente, ninguno de los dos puede lograrlo, pues el otro se lo impide. Sin embargo, bastaría con que se pusieran de acuerdo para que pudieran consumir alternativamente su parte.
Se dirá, esperanzas producto de la ingenuidad, pues los intereses de los españoles son contrapuestos e irreconciliables. O eso es lo que creemos, o lo que nos hacen creer intencionadamente. Divididos, somos mucho más débiles.
La cuestión es que no hay que darle vueltas; es evidente no ya la ausencia de buena fe, sino la mala fe perseguida, calculada, consciente.
Por ejemplo, la Iglesia está presentando las propuestas normativas del gobierno sobre el aborto como un drama.
Se responderá que no se puede convenir en un asunto así. Que es vital. Pero ¿lo es?
Si lo es ¿por qué no le planteó al gobierno del PP, en sus ocho años de gestión, la reforma de la ley del aborto? ¿Por qué no se organizaron campañas precisamente cuando había un gobierno afin?
Eso que ahora es tan vital se habría conseguido. Sin embargo, antes no lo era ¿eran los niños de otra condición?
Pero no, la paz social para el PP.
Y es que no media buena fe, media fanatismo, obcecación, ansia de poder. Estamos anclados en el pasado en el sentido de querer volver a aquel monopolio indiscutible, en el que dictaban todos los detalles de la vida.
¿Cómo vamos a creer que a la Iglesia le preocupan los niños cuando sostiene un sistema económico que es la antítesis del Sermón de la Montaña?
¿Cómo siendo cristianos pueden justificar un sistema económico que provoca la concentración de la mitad de la riqueza del mundo en manos de un 2% de la población, población, que casualidad, preferentemente civilizada y creyente?
¿Cómo va a ser cristianamente tolerable esa acumulación bárbara frente a la aberración de que la mitad de la población mundial viva con un 1% de esa riqueza?
¿Cómo se concilia eso con lo de que es más fácil que pase un camello por el agujero de una aguja a que un rico entre en el reino de dios?
¿Cómo no rebelarse contra un sistema que popugna el tan denostado Becerro de Oro, que en definitiva es producto de que 150 países hayan de destinar el 50% de sus presupuestos a pagar una deuda irrazanoble, y que de ese 50%, el 25% son intereses?
¿Acaso no es este el mismo mercado y los mismos mercaderes, redivivos, con los cuales se enfureció Cristo?
Y a esa Iglesa, que arma este jaleo por un niño incluso non nato, ¿no le angustian esos 40 mil seres humanos que mueren diariamente por no tener unas condiciones mínimas de vida y de los cuales el 25% son niños?
¿Y cómo puede odiar tanto a esos regímenes que ponen todos sus esfuerzos al servicio de que sus niños tengan sanidad, educación, comida, ropa? ¿Muere en ellos la misma proporción de personas, o por el contrario, tienen más médicos y maestros que las propias potencias occidentales?
Más bien parece que hay mala fe, mala fe para poder recuperar un poder que ansía.
¿Qué importa con la Roma imperial o con las metrópolis del dinero, si puede disfrutar de parte de ese poder, condicionando las políticas, sobre todo las débiles de los gobiernos de izquierda?
No, el aborto, el sida, la castidad, la monogamia, el divorcio, la educación para la ciudadanía, la exclusión de la mujer, la eutanasia, todo es una excusa para continuar una larga lucha por la hegemonía que comenzó hace dos mil años y aún no ha terminado.
Concentrarse en cada uno de esos árboles es dejar de ver el gran bosque de confusión que pretende introducir en la gente de buena fe. Pero a estas alturas, buena fe es sinónimo de estupidez.
Después de todo, es evidente que el asunto en liza no es la verdad, o la justicia, u otro modo de vida, sino la ambición. Una ambición tan inmensa que quiere acaparar lo que incluso no puede consumir.
