Es evidente que los mercenarios blancos de los años 60 en el Congo sufrieron el mismo proceso de barbarización y embrutecimiento que sus predecesores a quienes Conrad había descrito. Pero buscar a Kurtz entre ellos es una tarea vana. Sus autobiografías están llenas de fanfarronadas, excusas vanidadosas y humor primitivo. Especialmente destacable aquí es Siegfried Müller, antiguo "Oberleutnant" de la Wehrmacht alemana. Al llegar tarde para incorporarse a la lucha por Katanga, se había establecido en Sudáfrica como manager de un hotel. Allí esperaba posibles misiones y cuidaba los contactos con algunos compatriotas correligionarios más jovenes. Cuando finalmente fueron requeridos nuevos mercenarios se dijeron a sí mismos: "haremos una caza de cazadores -una- una caza de negros o algo así -haremos una quijotada - ningún peligro, todo okay", como contaba el mismo Müller en una entrevista. Pero el veterano del frente ruso Müller no ofreció servicios suficientemente convincentes, por lo que fue rápidamente relevado del mando. A pesar de ello alcanzó cierta fama bajo el apodo de "Congo-Müller", fama que se debía sobre todo a las imaginaciones de algunos perodistas que suponían detrás de cada mercenario a un ex-nazi. Para ellos, Congo Müller, que lucía con ostentación su Cruz de Hierro, era la encarnación perfecta de este prototipo. Entre sus compañeros en el Congo, sin embargo, era más que nada motivo de burla: contaban que incluso por las noches se prendía la Cruz de Hierro en el pijama. Pero la popularidad de Müller no es debida a sus hazañas en África sino a una entrevista realizada por la televisión de la ex-RDA: creyendo que se encontraba ante periodistas occidentales comprensivos, contaba borracho y entre risas, sus masacres en el Congo, y se declaraba dispuesto a ofrecer su "know-how" al servicio de la liberación de la RDA o incluso a formar parte de una "Legión Vietnam". Esta entrevista, bajo el título "El hombre sonriente - confesiones de un asesino", fué televisada en 1966 y en Alemania del oeste fué considerada una mera operación de propaganda hasta que la difusión de nuevas noticias sobre el papel de los mercenarios en el Congo aclaró su veracidad. 

Este texto fue publicado en el libro:

De una calidad semejante son las memorias de Jean Zumbach, quien se queja amargamente de los cheques sin fondo de Tschombe aún reconociendo sus profusas ganancias por las provisiones conseguidas de los traficantes de armas. Para Zumbach, la mala comida y las duchas estropeadas de los hoteles africanos son los acontecimientos más dignos de destacar de su estancia en el Congo, frente a las fechorías que él y sus camaradas causaron. A sus ojos, todo fué un gran divertimento en el que se trataba, sobre todo, de engañarse los unos a los otros. En todos estos libros, entrevistas y artículos de periódico uno se topa con las mismas banalidades. No hay rastro de un Kurtz que se atormenta con el "horror" y lucha por su alma. Hombres risueños cuentan de sus hazañas heroicas y de sus invasiones. Así, el lector experimenta lo mismo que Hanah Arendt, cuando desde Jerusalen narraba el proceso contra Eichmann: ella hubiera deseado encontrar un "Iago, Macbeth o Ricardo III" , y se vió de pronto confrontada ante la "banalidad del mal". 

Este perspicaz punto de vista de Arendt era algo nuevo; la realidad que se escondía detrás no. En los múltiples textos justificativos de los participantes en la expedición del Pascha Emin, se pueden encontrar el mismo heroísmo primitivo, la misma vanidad e ignorancia. Durante la travesía de la jungla en Ituri, los porteadores morían como moscas. Sin embargo, Stanley parecía mostrar más compasión para con su perro "Randy" que para con los porteadores que, tras no responder a los latigazos, quedaban abandonados a su suerte en los bordes de los caminos. Y cuando sus oficiales se quejan por escrito que eran tratados como arrieros de esclavos, lo hacen tan sólo porque consideraban este trabajo muy por debajo de su cualificación. 

Conrad describió con precisión a estos hombres cuando escribe en "Eldorado Exploring Expedition: "Their talk, however, was the talk of sordid buccaneers: it was reckless without hardihood, greedy without audacity, and cruel without courage; there was not an atom of foresight or of serious intention in the whole batch of them, and they did not seem aware these things are wanted for the work of the world. To tear treasure out of the bowels of the land was their desire, with no more moral purpose at the back of it than there is in burglars breaking into a safe"(9). A pesar de ello queda la pregunta abierta de cómo Conrad consiguió, a partir de este material "humano" tan insulso, construir un monstruo dramático como Kurtz, quien debiera representar a un prototipo de estos "buscafortuna" blancos desarraigados que recorrían Áfica en el s.XIX. Un texto histórico como éste no puede permitirse esgrimir una respuesta, que quizás pudiera encontrarse en su biografía. Probablemente el horror del que Conrad nos habla tenía su origen en el propio espanto de verse enfrentado a una desaforada realidad de la que él mismo tomaba parte. O quizás, como hijo de su tiempo, no estaba en disposición de aceptar la terrible banalidad del mal en toda su dimensión.  

http://www.westfr.de/conrad/

 Planeta Kurtz
Cien años de El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad
Jorge Luis Marzo y Marc Roig (Eds.)
Barcelona 2002

http://www.buscafortunas.com/