La mujer de Berlusconi dos veces ha dado una lección a los electores de su marido (más que a él). La primera al criticar las exóticas listas electorales que este preparaba. La segunda al pedir el divorcio.

La verdad es que ha sido bastante más lúcida que ese tipo de elector fanatizado que convierte ganar en una finalidad que al cabo escapa del objetivo que verdaderamente se persigue.

Elaborar unas listas artificiales con candidatos que resaltan por sus atributos anatómicos, en vez de por sus méritos es demostrar un gran desprecio objetivo por esos electores.  

Es demostrar que se piensa que son unos grandes analfabetos que tienen muy pocos principios y si mucha tetosterona.

Sin embargo ¿hay que echarle la culpa en exclusiva a Berlusconi, o hay que repartirla entre él, los propios electores y el tipo de democracia que se está fomentando? 

De estas democracias se evidencian varias cosas:

1) Que el programa apenas tiene importancia. Se ha oscurecido intencionadamente a tal extremo que su papel rector prácticamente ha desaparecido.

2) Que además, por mucho que se conozca el programa, después se perdona que no se cumpla, al menos no mediando causas de fuerza mayor.

3) Que no hay relación entre programa y futuro gobierno, en cuanto que las opciones políticas se convierten en banderías al estilo de "soy del Bétis manque pierda".

Esta no es ya le decisión por el rumbo de un país, sino la apuesta por unos colores apenas con contenido.

¿Qué sensación habrán recibido esos forofos de la "Liga" al conocer la noticia? No sería de extrañar que algunos hayan exclamado: "Que se vaya esa puta".

Extrañamente, estas cosas no preocupa a los estados mayores de los partidos. Están tan convencidos de que todo está atado y bien atado que ni siquiera sospechan que las cosas podrían cambiar repentinamente, y cuando cambian así, casi siempre es para peor. Ya veremos tanto optimismo festivo.