Estado y capitalismo salvaje
No puede existir razón de Estado en quienes priman los intereses particulares. Su patria, su bandera, su credo son sus rentas. Todos lo demás está a su servicio.
Tanto, que quienes hoy se muestran remisos frente al Estado, no hace más de unas décadas invocaban a la nación como signo y designio de su misión superior (Dios, Patria, Rey).
Su entrega y generosidad justificaba que poseyeran el monopolio de la violencia, esgrimida como bien común necesario, en especial sobre y en beneficio de los más limitados (económica y, según ellos, intelectualmente). Con caridad y mano dura todo marchaba.
Así, al menos, lo proclamaba nuestra Iglesia en el Parlamento, cuando se oponía a la normativización del contrato laboral: bastaba la caridad de los ricos y la resignación de los pobres para regular satisfactoriamente las relaciones laborales.
A pesar de vivir privilegiadamente su mando se mostraba como un sacrificio, y asumían desinteresadamente la pesada carga del gobierno de ese aparato que ahora les estorba tanto con sus reglas y limitaciones.
El liberalismo y después el neoliberalismo, que mejor sería llamarlos capitalismo salvaje, llevan años intentando destruir todo aquello que no hace mucho adoraban, sobre todo en lo que respecta a la arbitrariedad.
Pero el estado fue creciendo y salpicándose de unos tintes sociales que ya comienzan a ser un valladar molesto a sus desmedidas ambiciones. No basta con los beneficios desmesurados del mercado; es necesario absorber también los que procura la buena administración del estado.
Hubo un tiempo en que la sociedad, con esa estupidez que a veces muestra, y a instancias principalmente de determinada prensa mercantilizada, dudó si los ejércitos, las prisiones, la sanidad, la protección social, las pensiones, los cuerpos de funcionarios, no debería estar gestionados y rentabilizados privadamente. Al menos durante el tiempo que haya ganancias, porque ya conocemos sus teglas: privatización de beneficios, socialización de pérdias, sino, veamos esta crísis.
Se dice que el terrorismo (esa es otra cuestión entrecomillada) acabó con tales veleidades privatistas y puso algunas cosas en sus sitio. De entrada se descubría que podía haber de nuevo enemigos interiores y exteriores. Que decepeción: debían devolver los libros conprados a Fukuyama. Ni la historia había acabado, ni se podía renunciar a los armados centuriones.
Respecto a este último asunto, y a pesar de su patrioterismo, es tanta la fobia que tienen estos mercaderes a las instancias estatales, que cuando quieren referirse a los militares de forma meliorativa, los designan como ¡¡¡mercenarios!!! Un mercenario (Rambo) es un guerrero, pero en vez de representar al aparato estatal, más bien define a un soldado desestatalizado, más a las órdenes del dinero que a la razón de estado. Y todos contentos.
Hoy, en un artículo, se habla de estas gentes bajo el siguiente título: Cuando se pierde por completo el sentido de Estado.
Pero no, no pueden haber perdido aquello que nunca poseyeron. Desde los comienzos de la historia han sido mercaderes cuyo país eran sus caravanas y sus riquezas, y sus leyes las del intercambio desigual, inspiradas por Mercurio, dios de los comerciantes y de los... ladrones. Que inteligentes estos antiguos. Incluso la deslocalización lleva alas en los tobillos.
Cuando agentes de ese ultraliberalismo van a Melilla, Ceuta o Gibraltar, Tejas, Irak o Israel, la razón de Estado no puede incomodarles ni atarles ni inspirarles. Su patria ideal es un gran mercado mundial, sin reglas, si no son las de la OMC y las de la ventaja; sin agentes que puedan enjuiciar sus actos y controlar sus movimientos; con una moral cambiante y sin trabas, en la que igual de digno es el franquismo que la selva amazónica. Y esas patrias, suelos resecos de sinrazones de estado, no son sino bases operativas.
Porque, después de todo ¿dónde se va a estar mejor que donde menos impuestos se paguen? ¿Y qué mejor país que aquel que más misiles posea y menos revise nuestros bolsillos?
Mientras tanto, los ingenuos poniendo las banderas españolas en los balcones para estimular a la "roja" y así gane.

