Los filosófos toreros (3)
Que miopes los políticos de España, especialmente estos de la nueva izquierda, que no es una cosa ni la otra. Ignoran lo que siembran; se ve que no les preocupa lo que cosecharán. En vez de mirar al horizonte ponen la vista en la rueda de la bicicleta, lo cual es una práctica totalmente adecuada para darse el batacazo.
Volviendo a los polítcos en general, su carecencia de perspectiva histórica es un gran problema. No se representan a España como un largo y problemático recorrido. Para ellos, el país es una cuestión coyuntural, reducida al ámbito de su actuación. No sienten curiosidad por ver el reflejo del futuro en el espejo del pasado. Ni creen en estas cosas. Pamplinas. Siempre se ha dicho que preferimos ser cabeza de ratón que cola de león. Que pena que se desprecie tanto la Historia, en especial la nuestra.
Uno de nuestros peores defectos es el empecinamiento. No nos importan las razones. Nos importa tener la razón. Debe ser un tic histriónico, en ese afan de ser el perejil en todos los banquetes. Pero, en definitiva, la función del perejil es la de ser devorado.
Los y las munícipes de Sevilla no han tenido otra ocurrencia que la de invitar a un filósofo francés, Francis, Paco, Curro Wolff, que tiene la virtud de apagar fuego con gasolina. Parece una exageración, pero estamos hablando en un plano teórico de esas actuaciones aparentemente insignificantes que son síntomáticas. No se trata de ese huevo, sino de los fueros, que habrán de administrar miles de huevos y tortillas.
Pero este lenguaje es extraterricola. Huevo, fuero, precendente, antecedente, síntoma, causa, efecto. No, fiesta, tomatina, aturdimiento, gragarismo, simplificación, superficialidad, fiesta otra vez. Vivir bien, sin procurarlo adecuadamente.
Al gran Wolff no se le ocurre otra cosa que terminar así su pregón taurófilo, o torerófilo:
"La única razón que cuenta hoy es que los toros nos gustan. Dejemos las demás y vayamos a los toros. Llevemos a nuestros hijos, a nuestros padres y a nuestros primos catalanes y gallegos".

Que bien ha captado la idiosincrasia hispana. Esa son las expresiones que le gustará oir a un español castizo, que son los únicos españols. Algo así como un "por mis santos cojones", con perdón.
Quizás, el pregón tenga una intención no didáctica, porque no lo es, pero sí publicitaria. Un algo así como invitar a aquello que tan bien definió el sí eximio poeta Antonio Machado: utilizar la cabeza para embestir.
Que mal nos quiere el francés. Ha venido a envenenar el ambiente. Y encima invitado por unas gentes que están, o estaban, más bien en la órbita del pacifismo. Lo de la OTAN fue otro pequeño lapsus sin importancia; un, en este caso, "por tus santos cojones", con perdón. Porque aquí los dídimos que imperaban eran los de otros. ¿No había 50 razones tambien? (1)
Que miopía en el centro sociológico, en el cual se encuadran estos socialistas modernos que curiosamente han descubierto que quieren ser folclóricos. Los oropeles de la política los ha engatusado, sin darse cuenta del engaño. Y no llegan a comprender la deriva de esta cuestión de la tauromaquia, a la cual se han entregado por un plato de lentejas.
Tenemos un ejemplo. Inglaterra admitió que se prohibiera la caza del zorro. Hubo algunas manifestaciones, pero al final imperó la razón. ¿Cómo el Reino Unido, en pleno siglo XXI, iba a permitir el descuartizamiento de un zorro vivo. ¿No le dice nada la palabra fox, monsieur Wolff? Ese sí que es un primo.
La cuestión es que han venido de fuera para decirnos: no razonéis, haced lo que os guste. Despreciad la transacción. Ignorad que vivís con otros, en un sistema que se llama de derecho y pretende mostrarse civilizado. No argumentéis. Demasiada luz para vuestros ojos miopizados por la pasión. Imponéos. ¿Que somos menos porcentualmente? Somos más bravíos, al menos aparentemente. Reproducid el mal hispano: Doy un ojo mío por dos suyos.
¿Que no tiene tal trascendencia? Lo dirá monsieur Wolff. ¿Imaginemos un campo de juego, en el cual ya se quiere situar a niños y jóvenes, si es cierta la noticia. Imaginemos que unos habrán de justificar la violencia, restando importancia al quebrantamiento de un cuerpo. Pensemos en el efecto general psicológico que causará la mitificación de la muerte. Reflexionemos en el efecto que produce justificar el poder de matar. Sopesemos ese argumento de que se le mata porque no piensa (dicen). Algún niño ingenuo preguntará ¿son humanos los retrasados mentales? Pues claro. Y otro niño ¿y a los que están en coma, se les puede matar?
Y cuando la cosa se complique, la respuesta mágica de monsieur: "La única razón que cuenta hoy es que los toros nos gustan".
Y otro niño: ¿Y si me gusta la tele de la vecina?
(Pues la tomas. Y si le gusta la vecina, munícipes feministas, pues también la toma).
Ah, ¿entonces hemos de perder nosotros?
No perdéis vosotros ni ganamos nosotros. Gana el toro, sobre el cual tenéis un derecho violentado. El toro no es un tercero no significativo. Es el sujeto principal, en cuanto es a quien se tortura, roba la vida, humilla.
Pues no parece fácil el acuerdo. No hay vías.
Pensemos.
Imposible. Es un sí o un no.
Se puede torear y devolverlos sin haberlos herido. Se puede, se hace; se perdona a algunos toros por bravos. ¿No quedamos en que amáis al arte de la tauromaquia? ¿De dónde la obra de un artista ha de concluir con la muerte? No se llama a eso cine "snuff"?
Pero eso no nos gusta.
¿El cine snuff?
No, dejar de matar.
(1) Su libro se basa en 50 razones para defender el toreo.
