Valladolid, ciudad taurina
El Ayuntamiendo de Valladolid ha declarado como taurina a la ciudad. 15 votos del PP a favor y 14 del PSOE e IU en contra.
El PP es un partido confesional, aunque lo negara un día (suena raro, pero no lo ha negado aún). Sólo hay que ver sus antecedentes, votantes, fundadores, personajes, anclajes, referencias, silencios, apoyos en sentido activo y pasivo, monumentos que inauguran en sus ciudades, etc.
Es una suerte eso de poder ser católico de quita y pon. No tienen la exclusiva en el asunto del chaqueterismo, justo es reconocerlo, pero ello no evita que se dé esa libre disponibilidad a su gusto y conveniencia.
Es una suerte porque en muchas ocasiones ha combatido asuntos en virtud de principios de la Iglesia, lo cual le ha aportado las simpatías de esta y de los creyentes.
Y sigue siendo una suerte porque no recibe ningún reproche cuando contradice la doctrina de esa misma Iglesia y por ende la que debería ser la de sus acólitos.
Hablan de esencias, como siempre; concretamente en la moción mencionan "las señas de identidad de nuestro país".
Resulta curioso que nuestra situación religiosa sea de hecho de "confesionalidad enmascarada" (no es un término mío, sino de un afamado profesor de derecho eclesíastico, católico él) y que luego se pueda ser tan aconfesional con determinadas acciones y que puedan desvincularse estas de algo que está en contra de esas mismas señas de identidad sociológicas, es decir, del catolicismo.
Cuando interesa recurren a la Iglesia, directa o indirectamente, y cuando les conviene ignoran sus preceptos, en este caso su repudio histórico (esencias) a las corridas de toros (con encíclicas, amenazas de excomuniones, cánones del catecismo, reflexiones de papas, etc.).

Seguidamente la moción se ampara en el manido y desvirtuado precepto de la libertad constitucional, que lleva a afirmar el derecho de acudir o no a los toros. Que fácil.
Está claro que los toros podrán tener alma, según Juan Pablo I, pero que a muchísmos católicos y cristianos les importa un pito, y menos todavía su carne desgarrada. Porque no se trata del derecho de ir o no ir a los toros, sino del derecho a no sufrir del propio toro (salvo que haya alguno masoquista).
Si esto no se logra captar, que es tan sencillo ¿cómo dirigir una sociedad con todas sus complejidades?

Cuando un niño destruya a pedradas una vidriera de la catedral de Valladolid, podrá argüir en su defensa que es un derecho aún más poderoso que el de ir a los toros. Los cristales no sufren, ni hay encíclicas ni cánones del catecismo en contra.
¿Sabrán los políticos qué es ejemplaridad? ¿Así pretenden hacer una generación mejor?

