Charlas con un misántropo. El filántropo.
El misántropo se acoda sobre la pequeña mesa de mármol. Le gusta el lugar, es un típico café decimonónico. No le gusta su acompañante. Sabe que va a hablar de él reconviniéndole disimuladamente su actitud ante la vida. Está oscureciendo. Sabe que van a repetir por enésima vez la misma conversación. Está claro que los más píos se han propuesto apartarle de su descarrío.
Efectivamente, a los pocos minutos el otro le pregunta:
--¿Y cómo un hombre como Vd. puede dirigir tanta energía negativa hacia las cosas?
El misántropo entiende perfectamente qué quiere decir, pero se hace el tonto:
--¿Energía negativa?
--Sí, amigo mío. Va a terminar cogiendo un cáncer.
El misántropo sonríe:
--Le aseguro que nunca cogeré un cáncer. En todo caso él me cogerá a mí.
--Me entiende perfectamente. Deje la calderilla de la vida y aproveche las monedas de oro, que Vd. las tiene.
--No sé qué quiere decirme. ¿Habla de la banalidad? ¿Cree que me dedico a cosas banales?
--Sí, al menos en el sentido de la búsqueda de la felicidad.
--Yo no busco la felicidad. es más, como poco, me parece una palabra estúpida.
--¿Como poco? ¿Y como mucho?
--Un egoísmo más.
--Entonces ¿no tenemos derecho a ser felices?
--No lo sé, sé que es absurdo encontrarla en este medio.
--Hombre, si no hace nada por procurársela...
--No es un problema de mi actividad. es un problema de la actividad del mundo. No cambiemos responsabilidades.
--Pero ¿se puede saber, señor mío, qué le hace el mundo? Yo le veo bien.
El misántropo observa a su interlocutor. No, no pueden llegar demasiado lejos. El ser humano está troquelado y marcado con un sello que pone: "made in Yo".
--Yo no tengo ningún problema. Ninguno. Es más, me considero afortunado. Ello no quita que me pregunte: ¿y el resto?
--¿Qué le pasa al resto?
El misántropo se encoge de hombros y hace una señal al camarero.
Permanecen en silencio, quizás a la espera de que les sirvan.
Estas conversaciones le hastían. No llevan a ningún sitio. Él habla de historia y los otros le responden con esa pequeña parcela que llaman la vida que les ha tocado.
El camarero deposita las consumiciones.
--Entonces--recomienza el otro--si nada le aflige ¿por qué se amarga?
El rostro del misántropo se ilumina. Casi hay una expresión mefistofélica en su sonrisa:
--¿Me amargo? Ve, ese sí es un tema interesante.
Finge reflexionar y luego prosigue:
--La verdad es que todo lo que sucede en el mundo, sobre todo a niños y animales, me apesadumbra; pero por otra parte, no sabe cuánto placer me provoca dirigir mi puyas contra el hombre medio, el discípulos de Aristóteles, como le llamo yo.
En el rostro del otro hay casi alarma: (¿Por dónde sale ahora este?)
--Pero ¿qué le ha hecho Aristóteles? ¿qué le ha hecho el hombre medio?
--Filosofar, tergiversar, haber realizado la mediocridad, no el justo medio, convertir lo blanco en negro, la maldad en rutina, la bondad en vergüenza, la paz en blandenguería, la farsa en tragicomedia, el drama en farsa, el exceso en defecto, el defecto en exceso. Haber sedimentado esta sociedad de porquería. En suma, mentir tanto para seguir viviendo bien él solo.
--¿No cree que complica demasiado cosas que son bien sencillas?
--Mmmm, ese es uno de los males iniciales. Quizás uno de los principales. Es como una pequeña puertecita --la dibuja en el aire-- Por él se entra en este mundo que admite todo lo intolerable y sanciona todo lo justo y recto. Pero ¿no le sorprende a Vd.? ¿Ni siquiera le altera el pelo de una de sus cejas?
--Hablar con Vd. es la guerra, la... la desproporción. Es Vd. un tremendista impenitente.
El misántropo finge reír. Suena a cascado.
--No, Vd. ni siquiera ha atisbado desde lejos el horror. Y se sorpendería, porque existe--se le acerca y casi se lo dice cerca del oído-- existe el infierno, pero en la tierra. Todos Vds. viven en un limbo, pero hay seres, piense esto, hay seres que no tienen un minuto de placidez en su existencia. ¿No imagina un panorama así?
El otro se echa hacia atrás y le mira con aprensión.
--¿Se encuentra bien, amigo mío?
--Perfectamente.
--Esas ideas son tóxicas.
El misántropo ríe:
--Vaya, me sorprende. ¿Es suya la idea?
--Sí, ¿por qué?
--Enhorabuena. Coincide con un psicólogo casi famoso llamado Bernabé Tierno.
--No le conozco.
--No pasa nada: piensan igual.
--¿Y cree, si ese mundo existe, o ese infierno, o como lo quiera llamar Vd., que torturándose va a remediar algo?
--¿Remedia algo sufriendo una madre que ha perdido a su hijo?
--Es completamente distinto.
--No es distinto. Lo que es distinto es su relación con el mundo, con el dolor, con el sufrimiento ajeno. Vd. está sano. Yo estoy enfermo. Pero la enfermedad, como sabe muy bien, es un síntoma por el cual se cura el cuerpo. Yo soy el síntoma de este mundo. Su salud le impide sentir malestar y alarmarnos a los demás para la cura. Cuando lee que cada minuto violan a a una mujer ¿qué siente?. Mi enfermedad no es sino una manifestación de la realidad. ¿Quién es más irreal, Vd. o yo?
--Bueno, admitamos todo eso, pero ¿y los animales?
--¿Qué pasa con los animales?
--Son distintos, no sufren como Vd. y como yo. Están en otro estadio muy diferente.
--No, los que somos distintos somos Vd. y yo. Hay más proximidad entre un animal y yo que entre Vd. y yo. Y no se ofenda.
--No, no me ofendo, en todo caso debería sentirse ofendido Vd.
--Siempre me maravilló una frase de Zola: "...el destino de los animales es de mucha mayor importancia para mí que el miedo a verme ridículo..." Fíjese cuantas ideas se condensan en una frase tan corta: Primero: miedo, hay que tener miedo por tener sentimientos nobles. Segundo: destino de los animales: algo existente, no un mero fardo que se carga y apalea. Tercero: ridículo: una sociedad que ve ridículo el horror de un ser vivo por el horror de otro ser vivoajeno. Cuarto: un conflicto por algo que al resto le mueve a indiferencia o chanza. ¿No ve qué abismo? ¿No ve cuántas perspectivias? El mundo desde la cima y desde lo más hondo del valle.
--Pero se centra en los animales...
--Y en los niños. No hay nada más dramático para mi que las palabras indefensión, víctima, inocencia agredidas, impotencia. No me altera la lucha entre iguales, me altera la lucha entre desiguales. Y volviendo al comienzo de nuestra cháchara, eso es lo que cultiva esta sociedad y sus encomiados aristóteles. Aristóteles le dio la fórmula perfecta a este mundo hipócrita. Un mundo perfecto... y en la trastienda, oculta, una bolsa de horror. Los ciudadanos, que son los hombres, estudian, crean y disfrutan: los esclavos, que prácticamente son cosas, producen hasta la extenuación sin derechos para los ciudadanos porque no son nada. ¿No cree que hay que tener un estómago descomunal para digerir cosas así? Marx, que criticaba esta demencia, era casi un delincuente y un filósofo caduco. Aristóteles, que despreciaba a mujeres y justificaba la esclavitud, un héroe actual. ¿Qué deduce?
--Tiene Vd. un gran drama.
--Yo y el mundo, efectívamente. Que haya unos pocos afortunados no altera la realidad. Pero eso es lo que quiere deducir el hombre medio, el hombre sano, el hombre asentado.
--Tengo que irme.
--Pues vaya en paz, amigo.
Cuando el otro se ha alejado unos pasos, se detiene y se vuelve hacia el misántropo:
--Sólo intentaba procurarle algo de bienestar--dice, casi con tristeza.
--Ni yo ni Vd, tenemos la culpa de cómo es este mundo. Al menos nos queda eso.
--Sí...



abril-ale dijo
Tanto que aprender de estas "chácharas" como le llama el misántropo.
Gracias por compartirlas.
Abrazos fortísimos.
15 Septiembre 2010 | 09:11 PM